En la residencia San Carlos, algunas de las empleadas en cuarentena restan días al calendario para poder volver y ayudar a sus compañeras
10 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.En la entrada principal hacia Celanova aún cuelgan varios carteles con la Feria de la Oportunidad, que se celebraría este jueves. En condiciones normales, habría alguna doble fila y también ruido. Pero el único que se escuchaba era el de un saxofón perdido en uno de los pisos cercanos.
La villa se recupera poco a poco tras el impacto de los positivos registrados en la residencia San Carlos y, en las calles próximas a la Plaza Mayor, al mediodía, estancos y supermercados dejaban entrever algo más de actividad que la registrada en semanas previas. En parte, porque también abrían sus puertas los bancos. Y por otro lado, por los ingresos de las nóminas a primeros de mes.
«Aquí hubo dos puntos de inflexión: el primero, con el último mercado semanal dos días antes de que se declarase el estado de alarma; y el segundo, con el brote en San Carlos, porque fue casi de un día para otro», dice Antonio Puga, el alcalde de la localidad por Celanova Decide. No tiene claro que el fin del confinamiento vaya a llenar los bares, porque no todos las tienen consigo pese al impulso de querer salir al exterior. «Creo que se irán recuperando actividades de forma escalonada, pero sin volvernos locos y con normalidad», cuenta.
A escasos metros de allí, dos miembros de Protección Civil se toman un descanso. Son días raros, de idas y venidas sabiendo que el teléfono puede sonar en cualquier momento. A las 7.30, Alfonso Arias y José Luis Rodríguez comenzaron su ronda matinal, que implica desinfección y también el transporte de alimentos y medicinas a domicilio. No solo en Celanova, sino en las aldeas próximas. Y allí hay quien vive solo, una circunstancia que en otros momentos parecería un hándicap. Ahora, tiene una ventaja: «Es gente que se cuida más y es previsora. Ya suelen salir poco de casa, así que esto no les ha cogido por sorpresa. Aunque siempre hay quien se da un paseo porque en el rural muchos nunca llegan ni a cruzarse», dicen.
Si esto cambiará los hábitos diarios de los vecinos, quién sabe. Arias y Rodríguez sostienen que las aglomeraciones, sean por ferias o fiestas, ya no volverán a ser vistas de la misma forma. «Esto, con el tiempo, es posible que nos acabe poniendo los pies en la tierra con muchas cosas de nuestro día a día», exponen los dos. Falta por ver en qué.
El otro universo de la San Carlos
En Celanova, mientras las calles recuperan poco a poco su vida, hay otro mundo paralelo: el de la residencia San Carlos. Ante la puerta hay varios bidones con líquido desinfectante, que también taponan la entrada. Pero en realidad, quienes pasan cerca del edificio lo hacen por la acera de enfrente, como si diesen un rodeo.
Dentro está Sonia Opazo, trabajadora social y, ahora mismo, encargada de la residencia. Dentro hay 17 usuarios, de los cuales 7 dieron positivo y están aislados en sus habitaciones. Opazo sale enfundada con su traje de protección y con una voz visiblemente cansada. «Intentas desconectar ó chegar á casa, pero sempre che vai a cabeza a que se pode facer mellor ó día seguinte», dice. Algunas de sus compañeras están confinadas en casa tras haber contraído la enfermedad. «E moitas queren vir xa para botar unha man, pero teñen que esperar», explica.
Por ahora, han contratado a otras tres personas para reforzar el servicio, pero no ha sido fácil. El impacto del brote y las cadenas de WhatsApp —algunas, con bulos sobre afectados que en realidad no lo eran— han puesto un muro a la hora de encontrar más colaboración externa. Mientras, una de las trabajadoras, de 50 años y que pide confidencialidad, cuenta los días para volver. «Yo ya me esperaba dar positivo, porque hubo varias jornadas que no disponíamos de toda la protección que se debería en estos casos», lamenta.
Ahora, ha pasado del temor inicial a la impotencia. Sabe que su lugar está en San Carlos, con sus compañeras, porque allí, con los vecinos de la comarca, eran una familia: «Nunca viví una montaña rusa de sentimientos como esta. Es mi tercera semana en cuarentena y me mantiene arriba el deseo de poder volver».