Mientras aguardamos para regresar al mar, podemos escuchar una de las músicas más prodigiosas que estos días se interpretan en A Coruña. A eso de las ocho de la tarde, a los aplausos de la ciudad se suma el sonido de todos los barcos atracados en los muelles
14 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Para quienes tenemos la fortuna de tener el mar de A Coruña enmarcado en nuestra ventana, una de las ocupaciones que más ayudan a pasar estas horas de encierro es observar detenidamente el ir y venir del Atlántico frente a la costa. Contemplar el océano puede parecer una maniobra simple, pero es un arte que requiere entrenamiento y que solo se aprende con el paso del tiempo.
Si lo pensamos detenidamente, lo que nos fascina de mirar el mar no es ver el mar en sí mismo, sino el contraste del mar y la tierra observados a la vez. Para que los ojos se dejen entretener por el agua a solas hay que ir sobrado de coraje, porque el océano en sí mismo, sin la esperanza de la tierra a la vista, es algo demasiado descomunal e inabarcable para el ojo humano.
Por eso, si uno le va a un viejo marinero del Gran Sol con juegos florales sobre el Atlántico y le suelta una ristra de adjetivos dedicados a la inmensidad del agua, lo más probable es que el profesional le mire con estupefacción (por decirlo suavemente).
No. Lo que nos fascina del mar no es el mar solo, sino el mar con una pizca de tierra. Podemos pasarnos horas contando la olas que vienen a dar contra la escollera del dique de abrigo, pero justo por eso, porque hay abrigo, hay dique, hay escollera contra la que golpea el mar en su obstinación.
Lo que más nos gusta del mar de A Coruña es que al fondo se ve la Torre levantándose en medio de la espuma, o la arena de Mera allá a lo lejos, o los rompientes de Seixo Branco, o ese guante de béisbol que a veces forma la bahía o la ensenada para recoger el océano en su regazo.
Lo mejor del mar es lo que tiene de regreso. Por esa razón, la mejor vista del Atlántico en A Coruña es la que hay desde el agua misma al entrar en el puerto de vuelta del mar. Si uno no tiene a mano un barco, lo más parecido a ese retorno es caminar desde el morro del dique de abrigo de vuelta hacia la ciudad.
Ya sé que por ahora todo esto tendrá que esperar, pero mientras enfocamos la mirada desde el balcón podemos imaginar, como el grumete Ismael de Moby Dick, que nos disponemos a conocer la parte líquida del mundo.
Y mientras eso no sucede, mientras aguardamos para regresar al mar, podemos escuchar una de las músicas más prodigiosas que estos días se interpretan en A Coruña. A eso de las ocho de la tarde, a los aplausos de la ciudad se suma el sonido de todos los barcos atracados en los muelles, que hacen sonar sus sirenas una tras otra para componer una sinfonía improvisada en la que grandes paquebotes y diminutos pesqueros mezclan sus voces. Es el otro himno de una ciudad que siempre parece que acaba de amarrar de vuelta del mar.