Delante del micrófono que la conectaba con millones de personas, Aitana Bonmatí regresó de pronto a los 14 años, cuando jugaba con chicos en categorías inferiores sin que existiese fútbol femenino profesional. Y se acordó de todas aquellas que se dejaron la piel en el césped para que ellas, ayer, cruzasen la barrera con las botas puestas: son campeonas del mundo.
Virginia Woolf dejaba escrito que en la mayor parte de la Historia, anónimo es una mujer. Anónimas son también aquellas a las que humillaba la voz en off de un NO-DO con comentarios sobre el peso de las jugadoras, sobre comprarse baterías de cocina y su capacidad (más bien su incapacidad) para encontrar marido.
La copa es de todas. de las que fueron, de las que son, de las que serán. De las que siguieron a pesar de los no debes, no sabes, no puedes y también de las que lo dejaron. De las jugadoras que no se amedrentaron y, por hacer valer su opinión, tuvieron que renunciar a su sueño. De las que juegan en categorías inferiores y de las árbitras.
La copa es suya. De ellas. Y no de quien se empeñó en colgar los méritos solo en el entrenador, de quien argumenta que el fútbol femenino no ofrece el mismo espectáculo que el masculino ni de quien ni siquiera ha hecho acto de presencia. No habrá tenido familia real, pero la copa también es de las británicas. Hacer de masas el fútbol femenino es la auténtica leyenda.