Seguramente el mero hecho de componer estas líneas vaya a la contra de su contenido mismo, porque la carcajada inicial deja un poso amargo de tristeza en el cielo de la boca, el regusto metálico de haberse tragado una verdad difícil: en el fondo, lo poco que ha trascendido de uno de los debates más trascendentes del año es la butade de un hombre que fue votado presidente y que volverá a ser votado en noviembre. Que en Springfield están comiéndose a los perros y los gatos, que están secuestrando mascotas para comérselas, ha sido la última, pero no la más inocente, de las falacias de Donald Trump, una posverdad tan antológica que durante varios días las redes sociales pivotaban entre memes de dos batallas: Pablo Motos contra Broncano y Kamala Harris estupefacta ante las convencidas palabras de su oponente y ex ocupante del despacho oval.
Podría decirse que esta semana ha sido algo así como un nuevo capítulo de la vieja expresión de las dos Españas, pero dejando a un lado las referencias —reconozcámoslo, ya un poco vetustas— a Los Simpson y Alf sería interesante reflexionar sobre cómo las mentiras más descaradas y el odio al diferente se ha instalado con una normalidad tan apabullante en la vida cotidiana que se nos hace imposible saber qué propuestas ha habido en lo más importante: gobernar para millones de personas.