Hay un dicho popular que viene a afirmar que el buen gusto no se compra, o lo que es lo mismo, que la mona, aunque se vista de seda, mona se queda. En estos tiempos interesantes que desea la supuesta maldición china que vivamos, el matrimonio Bezos sigue porfiando en contradecir el refranero. Y demostrar que a lo mejor el dinero sí puede conseguirlo todo —o todo menos tratamientos sanitarios en Estados Unidos—, incluso a Anna Wintour. Jeff Bezos, básicamente, se ha comprado la MET Gala, de la que será principal patrocinador, y con ella el derecho a elegir quién se sienta en esa cena de 75.000 dólares el cubierto.
Estos tiempos, por interesantes, se han convertido en una distopía terrorífica. Quizá lo menos importante es que se pueda comprar el buen gusto —o por lo menos los organismos y las personas que lo controlan— y haya que empezar a pensar en términos de acumulación de poder y estrategia de softpower. Bezos aspira no solo a controlar el sector del comercio a través de un gigante tan colosal como Amazon. Se ha comprado un medio de comunicación de la talla del Washington Post y ahora el acceso a una de las citas con mayor número de ricos, famosos y personas influyentes por metro cuadrado. El buen gusto quizá no (recordemos su aberrante boda) pero el mundo y su dominio sí se puede comprar.