MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE / LAS ACERAS DE NUEVA YORK
02 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.No es que Woody Allen vaya dejando por ahí virus de alto poder contaminante, pero después de ver Las aceras de Nueva York, no puedes desprenderte de la sensación de haber visto un filme suyo, aunque Edward Burns le haya dado su toque personal en cuanto al manejo de la cámara e incluso al punto de vista, sin tanta preponderancia a la palabra, que en Allen llega a limitar con la verborrea cuando se desmanda. Además ambos comparten su pasión por Nueva York, crisol de culturas, melting pot por excelencia, que Edward Burns trata de llevar a cada uno de los personajes que componen esta divertida y entretenida comedia coral en la que advierte que lo suyo con el cine va en serio, e incluso que puede hacer la película que le dé la gana en el marco de esa etiqueta con límites tan borrosos como es la del llamado cine independiente. Una envidiable libertad absoluta para dos semanas de rodaje. Recurriendo al esquema de entrecruzar varios personajes con sus respectivas peripecias vitales en torno al polo común de las relaciones sexuales, e introduciendo el recurso de la cámara en mano para recoger las declaraciones de los protagonistas a modo de reportaje, juega su principal baza en un guión bien calibrado (aunque no pueda evitar aflojar el ritmo a la mitad del metraje), que sobre todo se ayuda de un casting absolutamente soberbio y muy bien dirigido. De esas películas que asoman a la cartelera como pidiendo disculpas, pero que devuelven la confianza en el otro cine norteamericano, el que pasa del rodillo industrial aunque aproveche parte de sus mejores recursos.