Sus películas todavía se exhiben con cierta regularidad en las televisiones de Japón y EE UU. Sin embargo, y a pesar de haber nacido en A Coruña, Amando Ossorio, que en los 70 creó una nueva corriente dentro del cine fantástico denominada terror ciego, es casi un completo desconocido en Galicia. Cuando, poco antes de su fallecimiento se le preguntó si no se sentía, de alguna manera, poco reconocido, él, desde sus irónicos 72 años, respondió: «Mis amigos me saludan cuando me ven en la calle». Para el historiador británico Nigel J. Burrell, la mayor contribución de Ossorio al género de terror es la creación de un nuevo tipo de zombi, el Blind Dead (aquí traducido como «terror ciego»), «una especie de caballero templario, muerto, que vuelve a recobrar la vida, y, a través de su sentido auditivo, busca víctimas en las que saciar su necesidad de sangre humana para prolongar su condenada existencia». El Roger Corman gallego se inició en el cine en Madrid, adonde se trasladó desde A Coruña para estudiar en la entonces Escuela Oficial de Periodismo. Antes había colaborado en La Voz de Galicia con la sección La calle y yo, en la que entrevistaba a personajes curiosos, a los que también inmortalizaba en sus caricaturas. Cultivó todas la facetas del oficio de realizador: hizo spots publicitarios, documentales, cortos (Noche de embrujo, La bandera negra) y películas. Su primer largometraje, rodado en 1963, fue un western, La tumba del pistolero; al que dos años más tarde siguió Rebeldes en Canadá, filmado en la nieves vallisoletanas. A raíz de la realización en 1968 de Malenka, la sobrina del vampiro, el director sentó las bases de su fructífero matrimonio con el género de terror. Míster Blackmont, un productor norteamericano, le comentó la posibilidad de hacer una película con un reparto importante, en el que intervendrían Anita Ekberg -protagonista de La Dolce Vita felliniana- y el mítico Boris Karloff. Al final, sólo se mantuvo en el proyecto la escultural actriz nórdica.