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EDUARDO GALÁN LA RUTA DE LAS ESTRELLAS

21 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

«Mamá, estoy en la cima del mundo», dice James Cagney en la tele y Denzel Washington, que lo mira, repite el célebre monólogo de Al rojo vivo como un acto de fe. La escena está en Ricochet, pero valdría como resumen de la carrera de Washington, que es para Leonard Maltin «el más importante actor de color después de Sydney Poitier». Y Edward Zwick, que le ha dirigido en tres ocasiones, cree que «le sobra de esa misteriosa química que hace que la cámara quiera a alguien». Hablamos de un triunfador negro en un país que, básicamente, sigue siendo una merienda de blancos. Según Spike Lee es demasiado perfecto: «Han hecho de él un maldito emblema del negro integrado». Y es que ya lo vaticinó Bill Cosby en los setenta: «Cuando interprete diez veces a un abogado, un militar y un policía bueno en películas de blancos, estaré integrado». Denzel Washington tiene esas marcas: fue policía (El coleccionista de huesos, Estado de sitio , Fallen, Virtuosity, Ricochet, A espaldas de la ley), abogado (Philadelphia) y militar (Marea roja, En honor de la verdad, Por la reina y por la patria). Y para que no falte integración, algunas de esa películas eran, además, abiertamente reaccionarias. Hizo de ángel (La mujer del predicador) y de fantasma (Black Ghost). Incluso de personaje shakespeariano (Mucho ruido y pocas nueces). También facilitó con su innegable atractivo el amor interracial (Mississipi Masala, Mo Better Blues, El informe pelícano) frente a Julia Roberts, Milla Jovovich o Jennifer Beals. Y participó en sentidos discursos antirracistas (Malcolm X, Huracán Carter, Historia de un soldado, Grita libertad, Tiempos de gloria). Personalmente, le preferimos en papeles más barriobajeros y menos moralizantes (Una mala jugada, El demonio vestido de azul), donde la sombra de Sydney Poitier queda más tamizada.