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MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE/ GOSFORD PARK

26 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Uno de los atractivos de Gosford Park está en asomar a las carteleras del 2001 (fecha de su estreno norteamericano), cuando una mínima reflexión sobre el gran cine evidencia una seria crisis al apostar la industria por el producto banal porque la taquilla les respalda. Irrumpe Altman (y encima se cuela en los Oscar), dispuesto a incordiar y a recordar a los productores, que el público también está ávido de películas inteligentes, situaciones, personajes, diálogos, y encima de época, un tópico que las hace supuestamente poco rentables. Estamos en una mansión muy británica, en plenos años treinta. Un nutrido grupo humano, dividido entre la clase alta y sus criados, se dispone a aflorar sus sentimientos, sus pasiones, sus miedos y sus contradicciones. Los primeros están en el piso superior, los segundos en el piso de abajo. Todos los personajes (una treintena, más o menos) aparecen perfectamente trazados ante el espectador gracias a un sutil juego de planos, de miradas o de frases. Sus diálogos no tienen desperdicio, son enjundiosos, van al grano. La ambientación no sólo es rigurosa (algo que ya se obvia en una producción de este corte), sino que asombra. Filmó Altman en una mansión auténtica a los señores y recrearon un puntilloso decorado para el servicio. De puente entre ambos mundos utiliza a una sirvienta novata, que ejerce de guía involuntaria ante el espectador. Y hacia la mitad, la trama estalla y un misterioso asesinato altera la rutina de ese fin de semana en la campiña inglesa. Pero, aunque aparece un detective para aclarar el caso, Altman opta por la ironía, da paso a la comedia ácida y se aparta del tópico a lo Ágatha Christie. Chapó.