NO ERA fácil trasladar el intimismo de la obra teatral Driving Miss Daisy , con la que Alfred Uhry ganó el Premio Pulitzer, a la gran pantalla. Sin embargo Bruce Beresford dio en la diana, con estilo y elegancia: consigue que la pieza original cobre vida sin traicionar su espíritu, pero, a la vez, incorpora en su traslación a imágenes nuevos valores esencialmente cinematográficos. Los aciertos comienzan con la propia elección de los actores, los inmensos Jessica Tandy, que aquí por fin dispuso de un personaje rico, rebosante de humor, a la medida de su gran talento, y Morgan Freeman, que venía de la obra de teatro para entrar por la puerta grande de Hollywood. A través de dos outsiders Beresford aprovecha la sólida relación que se establece entre la adorable mujer de carácter y su irónico chófer para narrar la historia de los cambios sociales que se produjeron en el sur de EE. UU., entre 1948 y 1973. Ambos personajes habitan mundos opuestos (menos de los que se cree), ella le enseñará a él a leer y él, a cambio, le mostrará a ella cómo funciona en realidad ese mundo tan sólo intuido a través del grueso cristal de su vehículo, en sus paseos por la ciudad.