NO FUE una buena idea emparejar dos obras tan distintas como las de Mozart y Rossini en un programa doble de duración equiparable a una ópera tradicional. Y no lo fue porque La obligación del primer mandamiento es más un oratorio que una ópera, sin sustancia dramática que pueda traducirse en un espectáculo teatral vivo. El mayor interés de esta partitura es su música. Y para eso no está al nivel de obras posteriores del salzburgués. La idea del director consistió en situar a los cantantes en el escenario de modo similar a un concierto, con sus sillas, partituras e indumentaria habitual en estos casos. Y poco más, por lo que la propuesta resultó monótona y tediosa por momentos. Cuando la partitura tiene un interés relativo, casi crematístico, lo único que puede salvarla son intérpretes excepcionales. No los hubo. Los cantantes exhibieron un buen nivel medio, pero lejos de lo extraordinario; la Sinfónica se mostró menos dúctil e inspirada que en recientes comparencias. La temperatura subió algo en la segunda parte, gracias al instinto teatral de un Rossini que ya en esta temprana farsa cómica plantea el asunto esencial que desarrollaría en comedias posteriores: la fuerza imparable de la juventud que pasa por encima de convenciones y conductas impuestas por un orden establecido corrupto y decadente. La vistosa producción de Pésaro se impuso a la pobreza de la primera parte. En un reparto globalmente digno, pero lejos de las maravillas a las que nos tiene acostumbrado este festival, destacaron las tablas de Bruno de Siomone y la seguridad de una Patrizia Bicciré que, sin grandes medios ni una voz bella, cantó su aria estupendamente. Bosman no acertó a insuflarle a la orquesta esa chispa rossiniana que sólo brotó en ocasiones. El público, más cortés que entusiasta. Festival Mozart. «La obligación del primer mandamiento», de Mozart/ «La cambiale di matrimonio», de Rossini. Teatro Rosalía. Bicciré, Simoni, Caputo, Botta. Sinfónica de Galicia.