Un «elixir» agridulce

César Wonenburger REDACCIÓN

TELEVISIÓN

XOSÉ CASTRO

La puesta en escena de Mario Gas dotó a la ópera de un tono sombrío

02 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Suele ser un recurso muy socorrido entre los directores de escena actuales trasladar las acciones de las óperas a épocas más próximas a la contemporánea. Y entre todos, el período histórico que coincide con el fascismo en Italia se ha convertido en un favorito. Rigoletto, Tosca y L'elisir d'amore son sólo tres de los muchos títulos ambientados en los tiempos funestos de Mussolini. De los tres citados, el de Donizetti quizá sea el que peor resista la traslación espacio-temporal, por tratarse su asunto de una comedia sentimental, con toques bufos, deudora de un romanticismo amoroso que dibuja un mundo idílico. Cierto que la comicidad de L'elisir se encuentra traspasada por un halo de melancolía que la aproxima, a veces, a las películas de Billy Wilder; pero cargar las tintas sobre los aspectos más oscuros es ocultar una parte del encanto, del optimismo, de la gracia que hacen de esta ópera una auténtica delicia, un soplo de aire fresco. La puesta en escena de Mario Gas incurre en este error, al situar la acción en la plaza de un pueblo de la Italia fascista y pervirtiendo la esencia de algunos de sus personajes, como el sargento Belcore, que es un fanfarrón, pero jamás amenazaría a Nemorino con pegarle un tiro. En perfecta coherencia con este sombrío y agridulce Elisir, Víctor Pablo aportó desde el foso una lectura falta de auténtico brío, de luminosidad, de impulso vital. No se puede aplicar a la música dramática de Donizetti la misma receta que a una sinfonía de Bruckner. Bien es cierto que la morosidad de algunos de los tempi escogidos sirvió para revelar las muchas exquisiteces instrumentales, pero por el camino de esa plausible elección se fue quedando la teatralidad, y al faltar en buena medida la comunicación con los cantantes, la emoción sólo apareció en muy contados momentos del segundo acto. Al frente de un reparto aseado, destacó la vis cómica, las tablas, la profesionalidad de un Chausson que como Dulcamara retoma la tradición de los mejores de la clase, los Baccaloni, Corena, Bruscantini, Taddei... El tenor Siragusa canta divinamente y su Furtiva lagrima fue un modelo de musicalidad, pero la voz de lírico-ligero no es la que mejor conviene a Nemorino, que reclama a un lírico puro como Pavarotti o, ahora, Alagna. Cinzia Forte, con la papeleta de suplir a Eva Mei, dio lo mejor en su aria final, donde se mostró expresiva, con un perfecto dominio de las agilidades. Frontal decepcionó con un Belcore de voz prematuramente gastada, al que tampoco ayudó la errática concepción del personaje. Contar con el Coro de Praga es un lujo y otro tanto ocurre en el foso con una Sinfónica que se lo pasó en grande al inicio del segundo acto; aunque bien es cierto que pudo haber rendido a otro nivel si la idea rectora de este Elisir hubiera sido otra. Palacio de la Ópera. Chausson, Siragusa, Forte, Frontal. Sinfónica de Galicia. Coro de Praga. Víctor Pablo, dir. Mario Gas, director de escena.