Crítica | Festival Mozart | «L'Orfeo», de Sartorio
21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.La incorporación de Alberto Zedda al Mozart ha coincidido con la ampliación de su repertorio lírico. Zedda ha decidido programar algunas obras que permiten rastrear los orígenes de la ópera, como necesaria labor divulgadora. Articuladas bajo el sugerente hilo conductor de «ópera y mito», las partituras propuestas este año permiten un recorrido por la historia del género, desde los albores venecianos de ese arte nuevo que intentaba recuperar la esencia humanista de la tragedia griega para luego convertirse en cosa bien distinta, hasta la abstracción pura del belcantismo rossiniano, con sus accesos de moderna melancolía encarnados en esa Cenerentola que prefigura a la Gelsomina felliniana. En ese camino de profunda indagación pedagógico-estética, el binomio Zedda-Pizzi acaba de estrenar en España una ópera de Antonio Sartorio. La obra, que por sí sola ya tiene gran interés, debido a la innegable calidad de su música, sirve para ilustrar la evolución de un género que nació entre aristócratas de espíritu, como una manera artísticamente elevada de influir en los estados de ánimo a través de una música que realzara de la manera más sutil el significado hondo de la palabra hasta convertirse, muy pronto, en un espectáculo popular, artificioso, destinado a satisfacer las ansias de diversión inmediata de la pujante burguesía. Sartorio desacraliza a Orfeo, volviéndolo humano. El poeta, capaz de descender al averno con la única ayuda de su lira para recuperar a su amada muerta, es aquí un hombre celoso, impaciente, vulgar. El héroe inmaculado se hace persona de la calle, como si Tamino se convirtiera en Papageno, pero conservando algo de su nobleza en la expresión. Ese giro radical, esa deriva del género es lo que plasma la obra de Sartorio, ahora servida magistralmente, en su doble dimensión músico-teatral, por Zedda y Pizzi. El primero, ofreciendo una lectura que atiende al espíritu de la partitura, con rigor e imaginación, al frente de una obediente OSG; el segundo, haciendo de una historia imposible una emocionante experiencia estética, que busca en la música la concreta plasmación en imágenes de gran sentido plástico de la esencia del mensaje, el juego del amor y sus implicaciones. En ese admirable concepto unitario se acopla felizmente el grupo de cantantes, todos ellos estupendos, entre los que merecen destacarse el ardiente Orfeo de Prunell-Friend y la matizada Autonoe de la Mologni. Teatro Rosalía. «Orfeo» de Sartorio. OSG, A. Zedda, dir. P.L. Pizzi, escena. Prunell-Friend, Mologni, Lepore.