El ingrato Ginés de Pasamonte

TELEVISIÓN

ABRALDES

Capítulo/Semana XXII Donde nuestro caballero no aprende nada y sigue en sus trece empeñado en perder los dientes que le quedan, pues libera presos que le salen rana

29 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

No se puede negar que por los caminos de la Mancha hay más ambiente que en las calles de copas de cualquier ciudad de provincias un viernes por la noche. Por aquí uno lo mismo se encuentra rebaños de ovejas que una partida de comerciantes sederos, una dama vizcaína con su escolta que unos arrieros montunos, una nocturna procesión fúnebre de curas que una cadena de presos. Esto último fue lo que ocurrió apenas acabada la aventura del yelmo de Mambrino. Y digo yo, ¿cómo alguien puede pararse razonablemente a conversar con un hombre que adorna su cabeza con una palangana? Me parece a mí que estos funcionarios de prisiones andan un poco desorientados. En fin, la historia es que don Quijote y Sancho se cruzan con un collar de presos que llegan a la docena, y que, como perlas majórica, van engarzados por sus cuellos a una cadena, tal una cordada de montañeros del Averno. Son condenados que están siendo conducidos a cumplir pena en las galeras. Los hay que penan por amor -a lo ajeno- y los hay que alcahuetan, que también es una forma de extender el amor por toda la tierra. También los hay arrogantes y reincidentes, como Ginés de Pasamonte, llamado también -y contra su voluntad- Ginesillo el Parapilla, que lleva más grilletes que el mismísimo Annibal Lecter. Nuestro caballero inicia una revisión de los casos preguntando a los reos sus delitos, y no ve nunca bastante para privar a un hombre de su libertad, por lo que pide amablemente a los guardas que los presos sean liberados. Aquellos, claro, se niegan y don Quijote pasa al plan B, es decir, arremete contra los funcionarios y, ayudado entonces por los delincuentes que se alborotan, derriba a unos y pone en fuga a otros. Una vez libres los penados les ordena su libertador que se dirijan al Toboso y ofrezcan su cadena a la sin par Dulcinea, pero va a ser que no. Don Quijote se dirige entonces a Ginesillo, que ha sido nombrado enlace sindical de los doce del patíbulo: «Pues voto a tal, don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas» La batalla entonces se desplaza a caballero y delincuentes, con lo que acaban don Quijote y Sancho molidos a pedradas y despojados de algunas de sus ropas y pertenencias. El burro de Sancho -es decir, el burro que pertenece a Sancho y no Sancho mismo- se queda cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas. Seguro que pensaba: Manolete, ¿si no sabes torear «pa» qué te metes? eduardo.riestra@lavoz.es