De paso por Madrid para clausurar el curso del Liceo de Cámara -que para la próxima temporada contará con nuevo responsable, lo mismo que el Ciclo de Grandes Intérpretes-, el prestigioso Cuarteto Emerson ha recalado también en el Festival Mozart. Espinoso asunto el de la música camerística en esta ciudad, cuya divulgación y salvaguarda compete casi en exclusiva a la Sociedad Filarmónica, centenaria institución que con heroicos esfuerzos mantiene vivo el interés por un repertorio no tan minoritario como a veces se piensa, según pudo apreciarse el otro día en el Rosalía. Sin embargo, el lujo de programar a las agrupaciones de postín se lo lleva el Mozart, quizá porque tiene el deber de ofrecer en su lustroso escaparate sólo lo excepcional. Así ha ocurrido ahora, al menos, con la participación del cuarteto norteamericano, que ha ofrecido una de las sesiones musicales más intensas, completas y satisfactorias en la reciente historia de este certamen. Sus integrantes, Eugene Druckner, Philip Setzer, Lawrence Dutton y David Finckel trajeron su virtuosismo destilado, que se basa en un dominio técnico apabullante, pero con alma y sensibilidad a flor de piel. Impecable Rigor y pasión, a partes iguales, es lo que ofrecen. Difícilmente se puede tocar mejor: la afinación es impecable y el sonido de una belleza y una rotundidad cautivadoras. Desde la austeridad contrapuntística, revelada con implacable transparencia de El Arte de la fuga bachiano, hasta el doliente lirismo del Barber -añadido como propina ante las aclamaciones del público-, el concierto resultó inolvidable. Éxitos como el presente son los que justifican la existencia de un festival que no se debería dejar morir. Teatro Rosalía. Cuarteto Emerson. Obras de Bach, Mendelssohn, Beethoven y Barber.