Hernández y Fernández

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ABRALDES

Capítulo/Semana XXXII En que mientras don Quijote duerme, se desarrolla un tertulia literaria de gran aprovechamiento para solaz de nuestros cultos lectores

07 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Regresan a la venta de las desgracias todos juntos: don Quijote, Sancho, cura, barbero con barba postiza, Dorotea y Cardenio, y allí son recibidos con alegría a pesar de lo temores de Sancho -que como no recordarán ustedes, había sido manteado por intentar marcharse sin pagar-. Al barbero la visita le cuesta la barba, que la ventera le reclama y recupera con vehemencia la cola de buey que usa como tal. Don Quijote pide una cama de inmediato, porque sus días de anacoreta lo han dejado extenuado, y se acuesta sin cenar. Los otros, en cambio, se reúnen en torno a la mesa y, tras dar cuenta de las viandas que les sirve el ventero, inician tertulia sobre la locura del durmiente y sobre lo detestables que resultan los libros de caballerías. Pero, hete aquí que el ventero, que es amante del género, se rebela ante tal afirmación y cita apasionadamente las maravillas que contienen el Felixmarte de Hircania y el Cirongilo de Tracia, que guarda en una maleta olvidada por un huésped de la venta. Allí se encuentran también la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba -yo siempre creí que era Fernández; a lo mejor hay dos: Hernández y Fernández- y la Vida de Diego García de Paredes, hombre forzudo que paraba las ruedas de molino con un dedo -¡que también son ganas!-. El cura, que tiene vocación de pirotécnico, quiere quemar los dos primeros libros, los cuales encierran cantidad de disparatadas mentiras. Pero el ventero no está en absoluto de acuerdo, porque, vamos a ver, ¿cómo puede ser mentira algo que no sólo está impreso en un libro sino que también tiene licencia del Consejo Real? El cura le intenta hacer entender que hay una cosa que se llama ficción -ahora en realidad se llama novela y le sigue ocurriendo lo mismo, que no hay quien se la crea- pero el ventero no es de fácil convencimiento, que en eso se parece peligrosamente a don Quijote. Lo cierto es que las hazañas del tal Hernández e incluso las del forzudo García no eran más que ridículos juegos de niños al lado de las machadas del amigo Felixmarte, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura. En vista de lo cual las intenciones flambeatorias del cura no prosperan y los libros vuelven a su maleta. Pero en la valija se encontraban también unos pliegos manuscritos que se recogían bajo el título de Novela del curioso impertinente , y echándoles un vistazo, primero el cura y luego Cardenio, ambos opinan que se trata de una historia de mucho mérito, y a ruegos de la concurrencia deciden que se lea en alto para deleite de todos. eduardo.riestra@lavoz.es