Capítulo/Semana XLVII En que el que esto escribe quiere denunciar el trato vejatorio al que se está sometiendo a su héroe y pide públicamente que se tomen cartas en el asunto
20 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Este don Quijote es un caso. Resulta que lo llevan preso en una jaula sobre un carro de bueyes, y en lugar de disgustarse, el hombre va encantado. Porque así cree que va: encantado. Y todo el mundo sabe que sólo los caballeros más famosos suscitan las mayores envidias entre príncipes y nigromantes (y por supuesto entre otros caballeros menos virtuosos, que en el mundo de la caballería, como en el de la literatura, hay mucho envidioso). Por eso más vale sufrir calamidades que ser un don nadie. El caso es que don Quijote se ve conducido contra su voluntad y bajo engaño de regreso a su lugar de la Mancha, y la comitiva se organiza de la siguiente manera: Abre el camino el carro con los bueyes, la jaula y el caballero, que permanece encerrado, atado de manos, sentado silencioso e inmóvil, que más parece la estatua de Pessoa que hay en el Chiado de Lisboa que un hombre preso contra su voluntad. Flanquean el carro dos parejas de cuadrilleros de la Santa Hermandad, armados de sus escopetas, de manera que visto de frente, el cuadro parece capicúa: cuadrillero, cuadrillero, buey, buey, cuadrillero, cuadrillero. Va detrás Sancho en su borrico y conduce de las riendas a Rocinante, como si del caballo de un general caído se tratase. Luego ya el cura y el barbero con máscaras para no ser reconocidos, que a ver cuando estos dos dejan de hacer el payaso, que les encanta todo este asunto de la locura de su vecino, pues tienen así disculpa para dar rienda suelta a sus devaneos carnavaleros y a la primera de cambio se disfrazan de zagala o de mozo de mulas. En estas, y debido a la lentitud de su marcha, fueron alcanzados por media docena de hombres a caballo, de los cuales el más principal era canónigo de algún lugar importante, y al ver a don Quijote preso y la guardia que lo custodiaba, entendió que se trataba de un facineroso y quiso saber su circunstancia. Pero ya el cura estaba listo a hacer a los recién llegados cómplices del numerito, y les contó cómo el preso no era otro que el famosos caballero de la Triste Figura, que estaba siendo víctima de un encantamiento. Pero Sancho, por primera vez desde que comenzó esta historia, le para los pies al cura mentiroso, al que reconoce tras la máscara, y niega lo que aquel dice, tratándolo de embustero, pues no está encantado quien come, bebe y hace sus necesidades como los otros hombres. Despotricó entonces el canónigo contra los libros de caballería, (que son como la telebasura, que todo el mundo la ve pero nadie lo reconoce), y sus inverosímiles historias, mostrándose permisivo con la ficción, pero abominando de la fantasía. El cura le contó entonces cómo había expurgado la biblioteca del loco. Y yo cada vez que recuerdo aquello me subo por las paredes.