El lobo de caperucita

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Capítulo/Semana XLIX En que Sancho tiene un plan de fuga, don Quijote va al cuarto de baño y el canónigo retoma su diatriba contra la creación literaria

04 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Quedamos pues hace una semana en que Sancho hace ver a su amo que no está encantado quien tiene hambre y sueño y ganas de ir al escusado, lo cual bien se ve en aquellos fulanos que padecen de amores y están como pasmados. Y aunque don Quijote tiene sus dudas porque él se siente víctima de un hechizo, ya que no existe fuerza humana capaz de doblegarlo, acepta un plan de fuga. Entre tanto, habiendo sabido el caballero que un magnífico matemático lee los disparates que se narran en estas crónicas, quiere saber si es aquel acaso partidario de nigromantes encantadores y malandrines, o de la justa orden que su poderoso brazo defiende. Y con estas pide Sancho al canónigo dé licencia a su amo para salir de su prisión portátil y hacer lo que ninguna otra persona pude hacer por él, cosa que redundará en beneficio de la higiene y de la armonía universal. Y así se hace, y cuando regresa aliviado don Quijote y palmea a su caballo con añoranza, se maravilla el canónigo que hombre tan cuerdo pueda estar tan loco. Y así se lo dice, y despotrica de nuevo contra los Amadises y los Felsimartes, contra palafrenes y doncellas, contra sierpes y endriagos, escuderos condes, enanos graciosos, enamoradas princesas y valerosas mujeres. Pide el canónigo a nuestro don Quijote que abandone por tanto las lecturas necias de los libros de caballerías y se dedique a aquellas otras que narran hazañas verdaderas, como las del Libro de los Jueces , que encierran las Santas Escrituras, o, en su defecto, las historias del portugués Viriato o del italiano César, de Aníbal el tunecino, de Alex el macedonio, en fin, de los españoles Fernán González, Cid, Gonzalo Fernández, Diego García y gente así. Pero don Quijote no sólo no concuerda con lo que oye sino que le parece el mayor de los disparates y la no menor de las blasfemias, porque negar la existencia de Amadís es como negar que el sol sale por las mañanas o la existencia de la infanta Floripes, y Fierabrás, que existió en la época de Carlomagno, y Héctor, y Aquiles, y la guerra de Troya, y el Santo Grial, Indiana Jones, Tristán e Iseo (que Wagner llamaba Isolda, no confundir con Isolina), y en fin, la dueña Quintañona, el hombre del saco, el sacamantecas, el ratoncito Pérez, las botas de Siete Leguas (que los niños creíamos de siete lenguas) y el lobo de Caperucita. El canónigo apabullado ante tal avalancha de personajes algunos imaginarios y otros reales (como el Cid, Carlomagno y el propio ratoncito Pérez), va perdiendo pie y su discurso se desinfla poco a poco, como un globo de feria o como este mismo capítulo que así termina. ? eduardo.riestra@lavoz.es