Capítulo/Semana LI En que el cronista narra una historia bastante tontorrona, no sin cierto pudor, y se va preparando para la despedida del año y del libro en la próxima semana
18 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Pues nada, querido lector; que estamos en el penúltimo capítulo de este libro que conforma la primera parte del Quijote y no ganamos para disgustos. Su autor, ya saben ustedes, el tal antepasado de Remedios Cervantes, ha decidido contarnos una nueva tontería. Es más, ni siquiera es nueva, pues repite una historia ya manoseada en pasajes anteriores: la de pretendientes desdeñados que se tiran al monte para ejercer el pastoreo y cantar a los cuatro vientos sus desdichas de amor. Coño, Cervantes, no hay derecho. Está don Quijote siendo conducido de vuelta a casa contra su voluntad, quedan del libro apenas media docena de páginas y nos viene el autor con semejante chorrada. Hombre, por Dios. En fin, yo lo voy a contar porque es mi obligación, pero que conste que lo hago contra mi voluntad. Allá voy. Pues, a lo que parece, en la aldea del cabrero que narra la historia vive un labrador muy rico que tiene una hija de extremada hermosura, rara discreción, donaire y virtud que tenía embobada a toda la muchachada. Entró la chica en edad casadera, y el padre comenzó a buscarle marido. Candidatos no faltaban, y entre ellos copaban los primeros puestos el narrador de la historia, que se llama Eugenio, y un tal Anselmo. La joven, en cambio, se llamaba Leandra. Pues bien, entre que si uno, que si el otro, apareció por allí un vecino que había partido hacía doce años para ser soldado, y que regresaba con veinticuatro lleno de uniformes chulescos y de altanería. La moza lo vio y se lo pidió como quien se pide un madelmán para Reyes. Lo siguiente que se sabe es que el soldado se escapó con ella, y que a la primera de cambio la dejó abandonada en una gruta de los alrededores, robándole las alhajas que ella había hurtado de casa para la dote. Hay sin embargo un detalle muy importante del que se nos informa. Cuando padre y vecinos la encuentran, la joven todavía mantiene intacta su pureza. Y ustedes dirán, pues vaya soldado. Lo raro es que nos cuenten esto sin ningún objetivo, porque a la desdichada (bueno, este calificativo se usa cuando se ha perdido la pureza, por lo que quizá baste con decir la fugada, o la prófuga, algo así) es confinada en un monasterio. El caso es que ante la nueva situación, Eugenio y Anselmo se tiran al monte, y parece que tras ellos unas cuantas docenas de enamorados. Allí, entre los riscos, uno cuida sus cabras y el otro sus ovejas, y cantan al amor para denostar a la amada, y el tal Eugenio, que por lo que se ve es el que peor está de la cabeza, increpa también a su cabra Manchada, por ser hembra, que no es poco. Y yo, como un tonto, voy y lo cuento. eduardo.riestra@lavoz.es