Crítica musical | Montserrat Caballé y Montserrat Martí, sopranos
25 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.¿QUÉ INTERÉS puede tener, a estas alturas, un nuevo recital de Montserrat Caballé? Podría escribirse lo mismo que tras su última visita a Santiago o lo dicho sobre Pavarotti hace algo más de un año. ¿Qué es lo que puede ofrecer ahora el contacto directo con algunos de estos cantantes históricos, auténticas leyendas de la ópera del siglo XX, que tantas horas de placer nos han procurado en el pasado? Sólo hay dos posibilidades: la nostálgica, la de aquella persona que, sobreponiéndose a la más que previsible decepción, y ya que tuvo la oportunidad de disfrutar de la indiscutible maestría de la artista en sus días de gloria, desea evocar en un último encuentro algún recuerdo de aquella felicidad conocida; o la curiosa, es decir, la de quien sólo ha tenido contacto con la soprano a través de la tele, las revistas, quizá algún disco, y quiere acercarse al teatro, para ver si aquello de lo que tanto se hablaba en otra época era en realidad para tanto. Podrá preguntarse, ¿y la música? En este tipo de eventos, es lo de menos. Dicho esto, me niego a realizar la autopsia de esa maravillosa intérprete que fue la señora Caballé; ¿qué sentido podría tener, ahora, glosar su presente decadencia? Todo aquél que tenga oídos para escuchar, puede entender perfectamente que lo de hoy son sólo sombras, nada más; pero hay quien aún disfruta con los risueños chascarrillos de la gran comunicadora, entre canción y canción; con su célebre risa y, muy de vez en cuando, con el recuerdo de alguna frase que por un instante parece querer evocar la pretérita belleza de uno de los timbres más personales, singulares y atractivos; del resto, los filados asombrosos, aquellos pianissimi inextinguibles que flotaban eternamente en el aire, sólo queda el recuerdo, como por otra parte es lógico y natural. Nada que objetar a todo ello, ¡faltaría más! Caballé se presentó en el Palacio de la Opera de A Coruña con su hija, Montserrat Martí, que sin ofrecer nada excepcional, tiene madera de soprano: canta con musicalidad y aplomo, su voz se proyecta estupendamente, posee una buena técnica que le permite una correcta administración de las agilidades y un agudo firme; un instrumento bello y bien cultivado, pero que no llega a emocionar: ¿puede acaso concebirse un O mio babbino caro más soso? Con todo, de ella fue lo mejor del recital, y en los dúos con su madre (estupendo el de las flores, de Lakmé , con dedicatoria especial) se impuso por juventud, arrojo y potencia. El pianista, Manuel Burgueras, fue un acompañante atento y un intérprete sensible, como mostró su Turina.