La segunda visita de la soprano Ainhoa Arteta a Galicia en menos de un año se saldó con un éxito notable. Si en su anterior actuación se encontró con un improvisado auditorio abierto y miles de personas entre el público, la de ahora fue todo lo contrario. «Esto es como cantar en el salón de casa», dijo la soprano, al final de su recital en la sala de Cámara del Palacio de la Ópera. La proximidad entre público e intérprete propició un clima especialmente íntimo, potenciado además por la propia elección del programa, una selección de canciones y arias, de estilos y estéticas muy dispares. Del clasicismo de Sarti a la efusión romántica de Gounod, del refinamiento impresionista de Chausson a la novedad de esas canciones de García Abril, sobre textos de Antonio Gala, que el compositor escribió específicamente para ella, Arteta supo establecer las imprescindibles diferencias con inteligencia y buen gusto. La faceta operística estuvo representada por dos célebres arias puccinianas, el vals de Musetta ( La Bohème ) y el O mio babbino caro (Gianni Schichi), que encendieron a un público poco habitual, que por encima de todo iba buscando esa clase de regalos. El caso de Arteta es bien curioso: en los últimos años, sólo en España, ha ofrecido más de 500 recitales. Se ha recorrido la geografía ibérica de cabo a rabo; sin embargo, los dos principales teatros nacionales, el Real y el Liceo, no parecen considerarla digna de cantar ópera en sus escenarios. Su fama mediática («la soprano del Hola », la llaman los puristas) se ve que pesa en su contra. Son bobadas, porque aunque quizá no figure entre las cinco mejores del mundo tiene cualidades de sobra para brillar en su repertorio. A su elegante presencia, la soprano tolosarra suma una voz de característico brillo metálico que en los últimos tiempos ha ganado cuerpo, anchura y redondez en los graves. Su excelente técnica le permite detalles de clase como atacar agudos en piano, la dicción es magnífica, posee magnetismo y poder de comunicación. Todo apunta a que lo mejor de esta estupenda cantante, en su madurez, aún puede estar por llegar. La compenetración con su exquisito acompañante, el pianista Rubén Fernández, que dejó detalles de gran clase en su Debussy, fue absoluta. A. Arteta. Palacio de la Ópera. A Coruña.