La originalidad bien entendida

César Wonenburger

TELEVISIÓN

Crítica musical | Festival Mozart | Concierto inaugural

06 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Aunque Mozart no sea un compositor inmediatamente asociable al repertorio de Sokolov, el encuentro entre el genial pianista y el KV. 488, que Messiaen consideraba entre todos los conciertos para piano «probablemente el más perfecto, si no el más bello», parecía inevitable. En la apertura del Festival que cada año recuerda al compositor salzburgués, y de camino a Tenerife, donde la próxima semana interpretará la misma obra y con idéntico director, Víctor Pablo, Sokolov volvió a maravillar a un público que lo conoce bien. El Mozart de Sokolov nada tiene que ver con el más cerebral, objetivo de un Brendel, pongamos por caso. Artista de incuestionable originalidad, gran admirador de Glenn Gould, el pianista ruso jamás busca añadir una interpretación más, su aproximación a cada obra nueva debe llevar su sello personal, su impronta característica; de ahí que sus lecturas, aun de las obras más frecuentadas, gracias a su inmenso talento, a su inteligencia e imaginación, suenen siempre como si jamás se hubieran escuchado antes, nuevas y frescas. Ahí es donde se encuentra el auténtico secreto de las grandes interpretaciones, aquellas que separan al mero routinier del genio. Sokolov abordó su Mozart con una entrega absoluta, zambulléndose en la obra desde el tutti inicial; para él no hay momentos de relajación; la concentración y la colaboración con la orquesta es absoluta, aunque imponga al conjunto su propio criterio, como en el movimiento central, estirando el tiempo cuando lo considera oportuno. En ese Adagio se encuentra el verdadero corazón de esta obra. El pianista seguramente también lo entiende así, y por eso en sus dedos el movimiento lento adquiere una hondura, una intensidad difícilmente equiparables. Luego, en la conclusión, aparece el virtuoso para pasearse al filo de la navaja expresando todo el júbilo del retorno a la vida, ese directo estallido de luz que disuelve sin apenas respiro la atmósfera melancólica. Sokolov logra que el fondo se imponga sobre la forma, revelando el espíritu de la obra, el mensaje del compositor. En este formidable trabajo, Víctor Pablo aportó su granito al servir un acompañamiento exquisito, que esta vez sí permitió escuchar al solista. Aclamado con todo merecimiento por el público, ese oso con su punto de ternura que es Sokolov volvió a la sala para ofrecer dos propinas en las que sedujo de nuevo por la belleza y la transparencia de su sonido, la soberbia articulación, la variedad de acentos y colores, el prodigioso dominio de la dinámica... En fin, que el concierto podía haber terminado ahí, y no habría pasado nada. Hubo más (una simplemente correcta, a ratos aburrida, lectura de la Sinfonía n.º40 , por ejemplo), pero ya nada sería lo mismo después de lo disfrutado con un auténtico genio como Sokolov. Y es que de estos hay muy pocos. Palacio de la ópera, A Coruña. Obras de Arriaga, Martín i Soler, Mozart. G. Sokolov, piano; OSG, Víctor Pablo, dir.