CRÍTICA MUSICAL | «EL CONDE ORY», DE ROSSINI, FESTIVAL MOZART
01 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Como en una ocasión dijo Henry Chorley, «En Le comte Ory no hay una mala melodía, ni un compás feo». Cierto, solamente el célebre trío de su acto II vale más que la obra entera de muchos compositores. El texto ya es otra cosa, pero como en tantas óperas de Rossini, la música logra trascender lugares comunes, convirtiendo en sublime lo que podría parecer trivial. Frente al endeble libreto, situado en las Cruzadas, Lluís Pasqual prefiere desmarcarse de una lectura al pie de la letra y propone un juego sofisticado de teatro dentro del teatro. La idea es interesante, pero no se desarrolla de manera completamente satisfactoria, y además exige la complicidad del público: quien no esté familiarizado con la obra, corre el riesgo de perderse, porque el director renuncia a contar la historia del original. El comienzo, que trae recuerdos de La règle du jeu de Renoir, evoca un salón burgués de los años treinta, en el que un grupo de personas desinhibidas representan una obra que resulta ser una celebración de la ambigüedad: en el fondo, nadie es lo que parece, empezando por el libidinoso donjuán protagonista, sospechosamente cómodo en su disfraz de monja. La propuesta de Pasqual saca escaso partido al flojo primer acto y sólo parece remontar en momentos del segundo, cuando la comicidad se hace más evidente, pero sin atreverse a ir más allá, como si un cierto complejo intelectual le hiciera renunciar a destacar los perfiles más disparatados de una obra todo lo sutil y refinada que se quiera, pero también muy divertida cuando se arriesga. Para que aflore la ironía en el personaje de Ory, se requiere a un tenor de medios más depurados que Marc Laho. Aquí no basta con saberse la parte, esos juguetones do agudos, esas repentinas elevaciones de voz, por ejemplo, hay que afrontarlos con una seguridad y un desparpajo que a este cantante le faltan. En conjunto, el reparto vocal resultó convincente, gracias sobre todo a la refinada condesa de Irina Samoylova y al espléndido Isolier de Francesca Provissionato, pero muy lejos de la excepcionalidad cuando esta producción se estrenó en Pésaro. ¿Por qué allí sí se hizo el esfuerzo y aquí no? Víctor Pablo, que se enfrentaba al primer Rossini cómico de su carrera, ordenó bien, aportó precisión en los finales, buscó la belleza instrumental de los acompañamientos. Le faltó vivacidad en los instantes más cómicos; aunque a veces pueda resultar espeso, hay que decir en su favor que no hubo descoordinación entre foso y escena. Tuvo colaboradores de lujo en un soberbio Coro de Praga y en la Sinfónica siempre a la altura: los mayores aplausos fueron, precisamente, para la orquesta. Palacio de la Ópera de A Coruña. Laho, Samoylova, Provissionato. Sinfónica de Galicia. Coro de Praga. Víctor Pablo / Lluís Pasqual.