No sabía de la serie Spartacus hasta que un amigo me contó que los miércoles su mujer se apoltronaba en el sofá para ver una de romanos, pasando a ser el evento un relevo audiovisual a la tradicional excusa del dolor de cabeza. Fue entonces cuando decidí tener una cita, pero no precisamente a ciegas, con el tracio. Me bastó un plano de todos esos esculturales gladiadores, vigoréxicos de tomo y lomo, embadurnados en aceite Johnson, con apenas un pañal por prenda -pero, amigas, qué pañal- para entender el enganche de aquella mujer. Cuatro, a diferencia de Canal Plus en su momento, no necesita codificar ni una sola orgía, ni una sola masturbación, ni una sola sodomía, no tiene que distorsionar ni un solo batiatus. Y entonces, ¿qué diferencia a esta serie de un Penthouse? Pues lo que tiene de la película 300: trucos visuales de ordenador y violencia gratuita de esa que casi salpica, a golpe de slow motion. Tanto me gustó que ahora prefiero ir al Doctore que a ningún hospital central. Eso sí, sepan que, después de esta temporada, nos van a colar una precuela, para ir trampeando la baja del actor principal por enfermedad. Esperemos que continúe esa vocación de la original por el disfrute de un espectador morboso. ¿No queríamos una televisión sin censuras? Pues aquí la tenemos.