Eran los reyes del mambo. Los chistosos con gracia. Estaban en lo más alto. Los dirigía una chica con el pelo corto y mucha chispa. Había habido otros antes de ella. Y no le hacían sombra. No había melancolía en aquellas noches de los domingos. Solo carcajadas, irreverencia. Una y otra vez. Los llamaban monologuistas. Y pertenecían a ese selecto club al que le llaman de la Comedia. Pero la chica del pelo corto se fue. Ahora, Sófocles escribe. Eurípides dirige. Esquilo produce. Y Antígona presenta. El Club de la Comedia es el Club de los humoristas muertos. El Club de la Comedia es una tragedia de proporciones griegas. El desenlace está cerca. Edipo ha descubierto que su esposa es, en realidad, su madre. Que ha matado a su padre. Medea, devorada por los celos, prepara ya otro traje para mandarle a Glauca. Clitemnestra ya ha urdido la muerte de Agamenón... Electra se prepara para cumplir con su destino. Nosotros, el coro, nos disponemos para el clímax final. Para el penoso desenlace. Ya no hay carcajadas las noches de los domingos. Antígona empieza a darse cuenta de su fatal sino. Sobre las tablas, permanece, Con dignidad. Pero sin maestría. Sin la maestría necesaria para ser maestra de ceremonias. Antígona sabe hacer reír. Pero no dirigir el club. Y las risas empiezan a tornarse en llanto. Estamos asistiendo al Club de la Tragedia.