Salid de la orilla

TELEVISIÓN

11 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

La primera vez que me mojé los pies fue en la orilla de Geordie. Nunca había visto así el Reino Unido. Y descubrí la franquicia. Laca. Extensiones. Tatuajes en cada centímetro de piel. Silicona. Alcohol a raudales. Discotecas, siempre. Educación, nunca. Sexo, todo el que fuese posible. Y cultura más bien poca. Me metí hasta la rodilla y me di cuenta de que había lo mismo en Jersey. Después hasta la cintura. Estaba en Acapulco. Al llegar a Gandía me sentía con el agua al cuello. Y cuando el oleaje me provocaba un terror paralizante, alguien tuvo el valor de gritarnos que saliésemos de la orilla. Las mareas vivas amenazaban con tragarse la poca dignidad que nos quedaba. Pero Ibiza nos puso el chaleco salvavidas. Y nos apartó del remolino. De esa orilla donde la vida gira en torno a qué discoteca ir y no qué universidad escoger. Donde las copas se beben con embudo y la conversación es sobre cirugía plástica. La orilla del coma etílico. La orilla del coma social. Ibiza se ha puesto el chaleco salvavidas. Y ahora, la franquicia busca una nueva ubicación en una costa que, abochornada, hace lo que puede para detener el espectáculo dantesco que es Magaluf. Que intenta sacar de las calles de Salou a miles de jóvenes cuyo único objetivo es beber más que el que tienen a su lado. Abrazar la orilla sería un ejercicio de balconing. Y por estos lares, no estamos como para tirarnos a la piscina. Ni desde la orilla.