La primera vez no era más que un catálogo de zapatos exquisitamente dolorosos y hombres deliciosamente distantes. A los veintipocos solo se busca una distracción compuesta de aventuras en la gran ciudad y esa inmortalidad de la juventud lleva por nombre Carrie. La segunda vez, cuando te enfrentas a los mismo diálogos empiezas ya a arrastrar cierto equipaje. Y la ropa bonita empieza a ser solo el atrezo de unos diálogos que empiezan a funcionar como un espejo en el que no estás muy segura de querer mirarte. Y no sabes si la vida consiste en jugar según las reglas impuestas o subvertir los mandatos sociales. Con cada capítulo empiezas a cuestionarte si deberías seguir la filosofía de irresponsabilidad emocional de Samantha o conformarte como Charlotte. Y luego llega la tercera, la cuarta, la quinta, y todas esas veces pasados los 30 en las que recaes. Son las mismas escenas de cuatro mujeres tomando las calles, pero de repente el sarcasmo de Miranda empieza a tener sentido y entiendes mucho de lo que había enterrado en aquellas frases. Y a veces, con el ceño fruncido, te das cuenta de que han puesto el dedo en la llaga, pero todo ese devenir de los acontecimientos solo ha servido para volver a los roles tradicionales. Ahora regresan tres de ellas. Ojalá que después de dos tropezones cinematográficos podamos reflexionar de nuevo con las columnas de Carrie.