El hermano de Lux rememora los inicios en el fútbol del meta del Deportivo
27 nov 2013 . Actualizado a las 18:16 h.«Éramos tres. Germán; Sebastián, que lo perdimos (murió en el 2006); y yo. Él era el pequeño, así que cuando jugábamos en el patio de la casa se quedaba en el arco, que eran dos hamacas. Nosotros pateábamos y él atajaba». Allí, entre ese par de hamacas de un patio de Carcarañá, en la provincia argentina de Santa Fe, nació un portero. El que el domingo aupó al Deportivo al liderato de Segunda.
Aquellos días los recuerda bien Javier, hermano mayor del Poroto Lux. «Esa historia ya la conocen. Se lo puso un tío postizo. Miguel Lotini. Empezó a decirle 'porotito' por la nariz chiquita que tenía y ya le quedó».
El primogénito hizo la maleta y se marchó a Buenos Aires para ser volante central en Racing. Abrió camino para lo que habría de venir. «Nosotros empezamos a jugar en la Cremería, el club de acá -dotado de unas sorprendentes instalaciones de las que más tarde saldrían también el Principito Sosa o Claudio Jacob-. Nos llevaba mi padre, que fue dirigente de fútbol infantil y juvenil. Después armaron una selección de la provincia y llamaron a Germán. Ahí lo vio Pekerman, que se lo llevó a la selección sub 15 y le consiguió una prueba en River». Cuando el poroto se convirtió en gallina, Javier ya llevaba unos años en la capital.
«Nos tocó madurar rápido»
Lo cuenta por teléfono, desde Argentina: «Aquello era bastante difícil. Lejos de casa y tan jóvenes... Con 14 años. Nos tocó madurar rápido. No estábamos preparados para vivir en las pensiones (residencias de los clubes). Yo ya estaba allí, pero no quise llevármelo a vivir conmigo, porque la pensión te formaba como hombre, como persona. Además él tuvo la suerte de caer en River, que tenía de todo para los estudios».
Mientras el mayor iniciaba su periplo por distintos clubes del país -de la Academia a Talleres, Estudiantes, Instituto, Banfield, Arsenal y Belgrano- antes de regresar a Cremería para retirarse en Regional, el pequeño acumulaba unos logros que Javier recita lleno de orgullo: «Jugó en todas las selecciones y siempre le fue muy bien, debutó en Primera, ganó el sub 20, salió medalla de oro en los Juegos con la valla invicta, algo que nadie había hecho antes...».
Unos méritos que le valieron el salto a Europa, aunque sin perder nunca la conexión con su casa. «Desde que pasó lo de Sebastián estamos más unidos. Hablamos todos los días. Está tan lejos... Se le extraña muchísimo en la casa. A él y a sus hijos. Pero bueno, aquí estamos contentos porque le va bien y porque es feliz con lo que hace», comenta el primogénito desde Carcarañá.
Puntual regreso a Carcarañá
Un rincón de Santa Fe, de solo 15.000 habitantes, a donde el portero regresa puntualmente una vez al año: «Cada vez que tiene unos días viene. Mi papá tiene campos y máquinas cosechadoras. Somos contratistas rurales y Germán siempre que viene se va a los galpones. Le gusta el campo, estar en las máquinas, entre los fierros. Estar tranquilo, sin que nadie le moleste». Una personalidad que ha exportado a Galicia. Dentro y fuera del campo. Porque, como apunta Javier, el benjamín de los Lux «es tranquilo para atajar, nunca se pone nervioso. Y fuera del campo le gusta hacer grupo con asados y esas cosas». Palabra de hermano mayor.