Uno puede revisar los resultados de cada jornada y se ve que en el 90 % de los casos no hay ningún partido resuelto en el minuto 85. Llamo partido resuelto a que haya un par de goles de diferencia. Si no, no lo está. Puede suceder en Primera con el Barcelona o el Madrid, pero en Segunda hay pocos: el Las Palmas la pasada semana, o el Sabadell hace dos. Así, podemos hablar de que esos instantes son cruciales, porque están más expuestos a la fatiga que otros. Y con la fatiga aparece el desorden y la toma de decisiones erróneas. Son momentos críticos del juego, mucho más fácil que sucedan en los ocho últimos minutos que en los ocho primeros, cuando las mentes reaccionan bien y los cuerpos obedecen a las mentes.
Desconfío bastante del azar. Un equipo que siempre gana al final es porque hace cosas muy bien, pero el que pierde siempre al final es porque hace cosas muy mal. Estos últimos son equipos desordenados y cansados. Como juegan mal, se magnifican esos defectos en los instantes cruciales. No diríamos que tiene mala suerte el boxeador que cae por k.o. en el asalto once o doce. No es mala suerte, es que está mal preparado. Así, no es una cuestión de forma física, sino de forma deportiva. Es inherente a la preparación convencer a los jugadores de que si el resultado está igualado en el minuto 85, cualquier cosa lo puede decantar. Sobre todo el balón parado, y todo esto es decisivo en esos últimos minutos.
Si el equipo está mal, todo lo que pasa en estos instantes le puede hacer correr peligro. Se trata de que los jugadores economicen esfuerzos. Puedes correr un 25 % más que otros, pero si lo haces mal y tomas decisiones erróneas, acabarás perdiendo. Seguro. Saber lo que tienes que hacer en cada momento es una ventaja competitiva que siempre suma. Estar adaptado a cada momento y tener automatizado el funcionamiento de un equipo te da un plus que al final se nota.