Tremendo fin de semana de marzo, mes en el que la Liga empieza exigir con más dureza, tanto en Primera como en Segunda, categoría que genera una tensión al deportivismo por el ansia que siente el aficionado coruñés, quien pasa a vivir, diríamos que en un casi permanente estado de preocupación porque intenta enlazar los resultados favorables de una jornada con los deseos de la siguiente. Es lo que está viviendo el seguidor del Deportivo, equipo que, celebrando el importante triunfo de Zaragoza, ya está de vuelta contando los puntos conquistados a orillas del Ebro con los que da por seguros frente al Tenerife, el próximo sábado.
Aquí es en donde nace uno de los mayores desengaños que depara el fútbol, coincidiendo la llegada de un revés en el terreno de juego, al romper los momentos de euforia, con lo que no contaba el seguidor. Cuando este golpe desfavorable surge se registra una sorpresa decepcionante que deja mudo al graderío donde antes reinaba el jolgorio como si se tratara de una gigantesca olla hirviendo a toda presión.
Son los cambios bruscos de un marcador favorable a verlo, inesperadamente, adverso. De uno a otro tanteo parten los diferentes comportamientos tan acusados que no siempre pueden ocultarse. Dependerá siempre de su influencia cara un futuro que erróneamente lleva en muchas ocasiones a celebrar los éxitos anticipadamente.
Un futuro que parece sonreír para el Deportivo, es cierto, pero verdad también que hay que digerirlo con seriedad. El giro alcanzado últimamente no justifica una euforia que suele ser la culpable de que los equipos se aparten de la buena senda, a la que resulta muy difícil volver.