Cuando ganar es una tarea imposible, la apuesta es no perder. Y a ello se aplicó ayer un Dépor que sudó un punto al que el paso del tiempo puede concederle aún más valor. De paso, demostró que la errática imagen que ha ofrecido hasta ahora tiene solución, algo que, por lo visto ayer, es le resultará bastante más complicado a un Córdoba ramplón.
El exceso de celo del otrora permisivo Mateu Lahoz se tragó lo que prometía ser la nueva versión del Dépor. El colegiado frenó en seco a un equipo quizá más pragmático que brillante; bien ordenado y mejor tácticamente que en citas anteriores. El cuadro coruñés firmó un inicio esperanzador; merodeó el área rival, escarbó en los nervios del colista y no sufrió hasta que Mateu Lahoz castigó con exceso uno de los muchos rifirrafes que otras veces pasan inadvertidos en el interior del área. Penalti y amarilla con consecuencias, porque pocos minutos después Postiga vería la segunda tarjeta, en otro exceso de celo del colegiado.
A partir de ahí no le quedó otra al cuadro coruñés que replegarse sobre sí mismo, aguantar el tipo en inferioridad y esperar el milagro en una contra. Ahí,aprobó con nota, nunca perdió el orden, apenas concedió ocasiones y solo sufrió porque lo inevitable es que con un hombre menos las reservas físicas pasen factura. El resto habrá que concedérselo a un Fabricio de nuevo espectacular: primero, parando el penalti a Cartabia y después, porque no se concedió ni la más mínima duda.
Y todo sin necesidad del manido recurso de cortar continuamente el juego -ni una sola falta en la segunda parte- y sin más pelotazos que los estrictamente necesarios. Un punto para recuperar la estima.