Tras finalizar la primera vuelta del campeonato nacional de liga, el Deportivo de La Coruña se encuentra en posiciones complicadas pero fuera de la zona de descenso. Una toma de contacto con el más alto nivel profesional que ha ampliado el espectro de sombras en las que ya de por sí se encuentra el club. De todos conocida, por repetida y analizada es la rémora económica que este nuevo cuadro directivo tiene que tratar de solventar. El camino que debe tomar es complicado y lleno de decisiones difíciles. Derivada de la misma pero al margen en el cuadro de soluciones está la situación deportiva. El tejido productivo del club se ha reactivado y el objetivo de reestructurar su cantera, los protocolos de actuación y la creación de una red de buscadores de talento está en marcha, la figura de Albert Gil manifiesta un claro apunte al respecto y una apuesta sobre la que no debe fundamentarse ninguna duda.
El vínculo entre la cúpula gestora y el ámbito deportivo está bien definido en la figura de Fernando Vidal, quien desde su llegada ha afrontado el difícil reto de volver a reactivar todo un entramado que se antoja necesario para el crecimiento futuro del club. Iniciar un proyecto desde la base es determinante si se quiere lidiar con todos los requerimientos obligados que impone una situación económico-financiera tal cual es la del Deportivo.
El fútbol es sinónimo de emoción, de luz, de clarividencia. Se necesitan activar todas las sensibilidades posibles para sacar a relucir lo mejor de uno mismo. El equipo debe verse contagiado por el sentir de su staff técnico, por los aportes de cada miembro de la plantilla para generar una química común que pueda trasladar a la grada. Y convertir así el foro de juego, Riazor, en un entorno de pasión y fuerza que devuelva al equipo todas las sensaciones transmitidas. Crear un círculo vicioso que se retroalimente de las emociones vividas por unos y por otros. Esa transferencia de emotividades convierte a un equipo en algo más que un club.
El camino se presenta lleno de dificultades pero al final hay luz, se necesita activar un todo conjunto que convierta el trabajo diario en rendimiento, el rendimiento en productividad y esta en recursos. Se necesita iluminar desde la perspectiva individual y con la suma de todas las luces convertir la ciudad deportiva en un hervidero de sueños y Riazor en una caldera que vibre y haga vibrar.
Esto no se percibe a simple vista. El último partido frente al FC Barcelona ha sido una oda al viento silencioso que calaba a los presentes. Desde dentro deben comenzar a creer que lo que se siente se transmite para que desde fuera se pueda alentar desde la fuerza que da la creencia, algo que el club debe poner en la cima de sus prioridades.
Álex Couto Lago es entrenador y máster profesional en Fútbol. Autor del libro «Las grandes escuelas del fútbol moderno»