Tiene la virtud el Rayo de Paco Jémez de convertir los partidos en una montaña rusa, en una sucesión de emociones en las que el balón vuela, a veces sin rumbo, de un lado a otro. Un deleite para el aficionado y un sufrimiento para el forofo; y una bola extra para el rival. Si en la primera vuelta, probablemente el mejor Dépor de toda la temporada, un equipo firme y decidido, conquistó con justicia los tres puntos, ayer Paco le devolvió la pelota a Víctor durante la primera parte. Quizá con menos brillantez que el Dépor entonces, pero con la misma justicia se fue al descanso por delante.
Víctor ha elogiado a su amigo Paco a lo largo de los últimos días. Y al Rayo, al que definió como un equipo de su Liga, «como nosotros; busca siempre la victoria», en el fondo, el Rayo y el resto del universo fútbol. Uno y otro, todos, la buscan -faltaría más-, pero por caminos bien distintos: al Rayo no le importa quién esté enfrente, busca a su rival allá dónde esté, convierte cada partido en una lucha sin complejos, quiere ser protagonista, aún a costa de hacer concesiones, como en el gol de Lucas Pérez, cuando hasta ocho jugadores del Rayo pisaban el campo del Dépor, facilitando una contra resuelta con sencillez y belleza una vez más por la sociedad Luis Alberto-Lucas Pérez.
El Rayo de Paco juega sin freno de mano, le cuesta tanto conservar una ventaja como dejar de mirar a la portería rival. Nada sin preocuparse de guardar la ropa y sufre cuando el rival le empuja. Así, pudo y debió sentenciar el Dépor en los veinte minutos iniciales del segundo tiempo, cuando Lucas se adueñó del partido para encerrar al Rayo en su área y rematar con peligro hasta en seis ocasiones. No lo hizo y Paco volvió a recuperar la iniciativa con los cambios, primero buscándole un secante para Lucas y después metiendo más pólvora. fin del aguacero. ¿Y el Dépor? Se dejó un par de cambios en la recámara, pese a que el Rayo había frenado el ímpetu local e incluso se atrevía a buscar la portería de Manu. ¿Un punto más o dos menos?