El técnico convivió casi desde su llegada con la sensación de provisionalidad en el puesto, que acabó perdiendo cuando más opciones de consolidarlo tenía
25 oct 2017 . Actualizado a las 19:17 h.Un día antes de que todo se precipitara, a Mel le mentaron la bicha. En mitad de la rueda de prensa previa al duelo con el Girona le recordaron que estaba a solo hora y media de la tercera victoria seguida en casa; «algo que no sucede desde hace siete años». «Pero no lo digas, hombre. ¿Pa qué lo dices?». La respuesta, acompañada de aspaviento, tuvo tono de broma, pero el técnico torció el gesto. Como si intuyera que a él, que había resistido a intrigas palaciegas, naufragios tácticos y errores groseros de sus jugadores sobre el campo, lo iba a tumbar el mal fario.
Así sucedió. El míster no abandonó A Coruña tras el peor partido de su Dépor, sino como consecuencia del más desafortunado. Se quedó en la tercera vida.
La primera la había consumido en junio, cuando su continuidad estaba en el aire después del triste final de campaña. Hacía tiempo de la desaparición del efecto Mel, que duró cuatro partidos y tuvo su clímax frente al Barça. Su equipo venció al de Luis Enrique y a partir de la gesta solo enganchó otra victoria (un 2-0 al Málaga) en diez citas. En la jornada 38 se dio una más, con ola y todo, pero aquella reacción de la grada tuvo muy poco de celebración y mucho de desahogo.
Al paso de las dudas salió Tino. «Sin ninguna duda, el entrenador de la temporada que viene se llama José Mel Pérez», había aseverado, aún con la permanencia en el aire, antes de un viaje a Anoeta. Palabras que calcó más tarde en un acto institucional ya con el campeonato cerrado. El presidente resistía como principal valedor del míster entre las voces del consejo que reclamaban un bandazo. Sería el quinto en tres años y la cifra pesó tanto como la fe del directivo.
Corrió el tiempo mientras la sensación de interinidad seguía rondando al míster y se introducía en el vestuario. El plantel vivió desde entonces a las órdenes de un entrenador circunstancial, con lo que eso conlleva. Pese a ello, la segunda vida de Mel se la regaló uno de sus futbolistas. «No tenemos que pensar qué puede pasar si ganamos -reflexionó el domingo cuando le preguntaron si vencer al Girona supondría un salto en cuanto a objetivos-. Igual que no teníamos que pensar ante el Getafe qué podía pasar si perdíamos». «Entre otras cosas, porque estaba claro», redondeó. Claro estaba que se jugaba el puesto. En el minuto 86, Andone estiró la agonía.
Apenas tres horas. Un empate, y una derrota en el partido del cambio de perspectiva. El del tercer triunfo seguido. El del mal fario. El último de la tercera vida.