El central, recuperado por Cristóbal, ofreció en Villarreal una de sus mejores versiones, con fútbol y con mando
09 ene 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando el Deportivo se interesó por incorporar a Sidnei, el informe que llegó a la plaza de Pontevedra hablaba de un buen central, en crecimiento, pero que tenía un problema: si no jugaba o se acomodaba, podía llegar a desenchufarse.
Su primera temporada fue una grata sorpresa. Estuvo tan enganchado que el Dépor no se lo pensó dos veces a la hora de pujar por tenerlo un año más. Incluso hizo un esfuerzo para contar con él en propiedad. La segunda campaña como blanquiazul fue incluso mejor y eso le valió para situarse en la agenda de muchos clubes. El inconveniente era su nacionalidad. Pero al Valencia no le importó la bandera de su pasaporte y se lanzó a por él en el verano del 2016. Hizo efectiva la opción de compra para hacerse con la totalidad de los derechos del futbolista y rechazó la propuesta che.
Esta apuesta, aplaudida por la hinchada, fue la antesala de una irregular temporada de Sidnei. Tras una primera vuelta con altibajos, la segunda, fue bastante floja y empeoró tras la llegada de Mel. Y así se le vio también en el presente ejercicio, en el que el técnico madrileño incluso lo mandó a la grada durante algunos encuentros.
Pero la llegada de Cristóbal resucitó al futbolista. El técnico catalán le transmitió la confianza que precisaba y Sidnei fue poco a poco a más, hasta llegar al actual nivel, con partidos como el del pasado domingo en el estadio de La Cerámica o, con anterioridad, frente al Sevilla, el Leganés o el Barcelona. En el medio algún lunar como el cabezazo hacia atrás que provocó el segundo gol del Celta en el derbi.
Pero en Villarreal se vio la mejor versión de Sidnei. Incluso mejorada. Un futbolista diferente. Con el carácter que muchas veces se echó en falta de él. Con la frialdad de siempre a la hora de ir al corte y de mantener la posición. Con el saber estar para sacar la pelota jugada. Con el descaro de recorrer metros y metros para llegar y sorprender en el área contraria. Pero incluso también con el carisma de enfrentarse a los rivales. No dejarse pisotear, ni dejar que pisoteen a ningún compañero.
Tácticamente cumplió con lo indicado por Cristóbal y estratégicamente supo dirigir al equipo. Con palabras cuando el momento lo requería. Con gestos en otras ocasiones.
En defensa estuvo impecable. Cortó. Se anticipó. Se le vio tranquilo. Quizá tener al lado a un centrado Albentosa, seguro en cada acción, le ayudó a centrarse más en su papel y no tener que andar de apagafuegos. Y, consciente además de que su compañero le iba a guardar las espaldas, Sidnei se prodigó en ataque como lo hacía en sus primeros años como blanquiazul.
Las dos más claras tuvieron lugar en la segunda parte. En la primera, le pegó demasiado fuerte al balón cuando trataba de combinar con Luisinho. En la segunda, no dudó en centrar para que Andone subiera el empate al marcador.
E incluso se pudo ver al Sidnei más serio. Ese que solo saca el genio en determinadas ocasiones. Lo hizo la pasada temporada en el Bernabéu, cuando se encaró con Lucas Vázquez. Y el domingo volvió a hacerlo. Primero, por su cuenta, y la segunda vez saliendo a defender a Luisinho, en una acción que le costó una tarjeta amarilla.
Un carácter que hace más fuerte y más líder a un central llamado a marcar las diferencias y cuya buena forma puede ser uno de los pilares en los que Cristóbal espera apoyar el resurgir blanquiazul.