Lucho García: «Nos hemos metido una presión que ha podido con nosotros»

«No hemos sabido gestionar las derrotas», sostiene el meta colombiano del Deportivo

Lucho García, en la ciudad deportiva de Abegondo
Lucho García, en la ciudad deportiva de Abegondo

Lucho García (Ponedera, Colombia, 1998) empezó a sufrir enseguida el mal de altura: «Desde muy pequeño, como solía ser el más alto, me ponían de portero». Encasillado ya de crío, ahora busca hacer de su tamaño una carrera. De momento le ha dado para ser titular en el Dépor.

—Su triunfo personal ha coincidido en un momento delicado para el grupo.

—Ahí tengo un sentimiento encontrado. Me ha costado mucho conseguir la oportunidad y ha llegado ahora, justo cuando las cosas a nivel de equipo no están saliendo como nos gustaría. En ese sentido, creo que lo logrado a nivel personal me ayuda a aportar motivación al vestuario cuando no estamos tan bien.

—Llegó con la titularidad en mente y pasó trece jornadas en la grada. ¿Cómo se gestiona algo así?

—Tienes que mentalizarte de que cada domingo vas a jugar tú, porque si no vas a relajarte, a dejarte llevar. Cada lunes pensaba que iba a ser mi semana, y mi semana llegó. Soy la prueba de que con trabajo las cosas llegan.

—Claro, pero se mentaliza los lunes y el domingo se ve otra vez en el banquillo. Eso es un revés por semana. ¿Uno se desespera?

—No. La primera sensación es de tristeza. Después tratas de concentrarte en tus retos, como que durante el calentamiento previo al partido no te metan ningún gol. Y a partir de ahí, piensas en qué querrías si fuera al revés, y entonces te dedicas a animar, a estar pendiente de avisar al compañero de lo que sucede en el campo.

—Sobran ejemplos de jugadores jóvenes incapaces de aceptar la suplencia sin tirar la toalla. ¿Qué le ha ayudado en su caso?

—He pasado por filiales, con gente muy joven, y también he coincidido con muchos veteranos. Me he dado cuenta de cómo cambia la mentalidad en aspectos como el jugar o no jugar, cómo cambian las prioridades. Creo que con el tiempo el jugador va evolucionando hacia un objetivo colectivo, a valorar por encima de todo la meta del equipo. La mentalidad y la profesionalidad deciden carreras. He visto cómo se quedaban jugadores con mucho más talento que otros que llegaban lejos, porque les faltaba profesionalidad. Aquí además se añade que hay muchos contratos largos y eso genera mayor implicación.

—Habla de un cambio de prioridades que en su caso parece ya inculcado desde niño.

—Mi familia ha sido siempre muy futbolera. Mi padre llegó a la selección Atlántico, lo que aquí sería la selección gallega, pero no fue más allá. En ese sentido, me ha inculcado que evite las cosas que él hizo mal para no llegar. Por ahí considero que puedo tener una personalidad distinta a la que me correspondería por edad

—Dice el nuevo presidente que quizá a la plantilla le han faltado jugadores acostumbrados a la categoría. Ya ha jugado otras temporadas en Segunda B, ¿cuánto cree que pesa conocerla?

—Mi experiencia dice que eso no es tan importante. He jugado en el Sevilla B cuando el primero en nuestra liga era el Córdoba, que tenía una plantilla llena de futbolistas contrastados en categorías superiores. Sí que es necesario saber adaptarse, a esta división y a cualquiera, porque la trayectoria no lo es todo.

—Pero esa trayectoria debería ayudar a digerir mejor la exigencia.

—Mi percepción desde que empezamos es que nosotros mismos no nos tolerábamos el error. Había que ganar sí o sí. Yo me quedé con una sensación rarísima en nuestro segundo partido: veníamos de ganar y empatamos fuera de casa contra el Compostela, que había jugado muy bien, y nuestra sensación era de derrota. No éramos capaces de encontrar nada positivo. Desde mi punto de vista, nos hemos metido una presión que ha podido con nosotros, no hemos sabido gestionar las derrotas. En una competición es rarísimo que un equipo lo gane todo. Lo normal son los baches. Tenemos ahí el ejemplo de Unionistas. La ansiedad, la presión que nos hemos echado encima desde el primer momento, nos ha afectado negativamente.

—¿Ve opción de arreglarlo?

—He visto un ambiente distinto esta semana. Más positivo, quizá. Creo que vamos con confianza, sin mirar más allá, con la idea de que los milagros no suceden hasta que suceden.

«Intento implantar el ADN Lucho, el del positivismo»

Aún exhibe un derrame en su ojo derecho y minutos antes de la entrevista, la máscara amortiguó un golpe que habría puesto en riesgo la recuperación tras su fractura. Debutó con la nariz rota. «Se lo agradezco al míster. No todos se atreverían a darle la oportunidad a alguien en la situación en que yo estaba».

—¿Llegó a pensar que se había equivocado al elegir al Dépor?

—Este año está siendo clave en mi carrera. Decido venir a un grande que no está en su mejor momento y no soy titular. Podrían haber aparecido las dudas, pensar que no estaba jugando en un equipo en el que consideraba que debería jugar. He tenido una lucha constante conmigo mismo para estar siempre motivado. Cuando al llegar dije que este era el reto de mi vida, es porque lo siento así: quiero dejar huella, ser partícipe de que el Dépor vuelva a ser lo que fue, lo que era cuando lo veía con mi padre y flipaba.

—¿Se quedará pase lo que pase?

—He jugado dos partidos de Copa y dos de Liga. Apenas me están empezando a dar la oportunidad. Solo son los primeros pasos de lo que quiero hacer aquí. Mi intención es que se den cuenta de que estoy entregado a este club y esta ciudad, venir a Abegondo cada día a reventarme a trabajar.

—El año que viene deja de ser sub-23. ¿Eso le mete alguna presión extra por el ascenso?

—Cuando el Dépor me ficha hace una apuesta. Me firma por tres años sabiendo que enseguida iba a terminar mi etapa sub-23. A partir de ahí, tengo unas ganas que no duermen por ver al equipo ascender, pero no soy el único. En los momentos difíciles, demasiado frecuentes, vemos cómo siempre hay alguien tirando del resto. Yo hablo de una presión que durante muchos partidos ni siquiera pude sentir en el campo. Yo lo que sentía desde fuera era más bien impotencia, y entonces me ponía a gritar, a intentar alentar desde la grada. Necesitaba desahogarme. Hasta que algún compañero me decía: «Lucho, tranquilo, le estás creando ansiedad al equipo». En fin, en casa somos muy creyentes. Mis padres vinieron en busca de una mejor vida y si algo me han inculcado es que aunque no salgan las cosas, hay que mantener la fe. Y yo en cada club por el que he pasado he intentado implantar el ADN Lucho, el del positivismo.

—¿Qué dicen ahora sus padres?

—Siento que todos en mi familia, aquí y en Colombia, están orgullosos y ese orgullo es felicidad. ¿Con qué dinero se va a comprar todo ese amor; una felicidad así?

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