La cuna de Borja Jiménez

TORRE DE MARATHÓN

Borja Jiménez, en una reunión con los técnicos del Rápido
Borja Jiménez, en una reunión con los técnicos del Rápido Oscar Vazquez

Excompañeros del próximo entrenador del Dépor rememoran cómo fueron sus primeros pasos en la profesión

13 jun 2021 . Actualizado a las 21:17 h.

«En esa época nos tocaba hacer de todo. Hasta elaborar los recursos por las tarjetas que nos sacaban e ir después a presentarlos». José Luis Diezma, aquel portero que defendió entre otros al Extremadura, el Betis o el Celta a mediados de los 90, trabaja hoy para una fundación del Real Madrid en Shanghái; pero antes de mudarse a China, desde donde contesta al teléfono, fue entrenador del Ávila, y tuvo como ayudante a «un chaval de allí que me presentó el presidente del club porque quería trabajar conmigo». Hace diez años, Borja Jiménez dirigía a un equipo cadete y quiso conocer por dentro cómo funcionaba un vestuario sénior. Quien ocupará el banquillo del Dépor empezó su carrera como contraste de un técnico con el que poco tenía que ver. «Sintonizamos muy bien —detalla Diezma—, pero yo tenía experiencia y una forma de estar en el campo, de imponer disciplina con la presencia, que no era la suya. Él convencía a través de la explicación, se los ganaba; porque ni había jugado al fútbol ni tenía pinta de futbolista». Como muestra de esa disparidad, un detalle: «Nos reíamos de que cuando nos hacían las fotos juntos, él siempre se subía a algo para que no se notara tanto la diferencia».

Una condición física que volvió a llamar la atención meses más tarde, cuando el ayudante de Diezma aprovechó el verano para sacarse en Baleares el último nivel del título de entrenador. «Encajamos muy rápido, coincidimos en casi todos los grupos de trabajo», apunta Miguel Ángel Espadas, técnico del Collerense de Tercera a quien su compañero de curso llamó la atención porque «era pequeño y muy delgado; pensabas ‘‘si te vas a poner delante de veinte monstruos y te van a comer’’. Y luego, nada de eso. Borja es de los que sorprenden». La talla y la falta de bagaje como deportista pasan factura en las sesiones de práctica de estos ciclos formativos, en las que el futuro técnico se convierte por unas horas en ejecutor de las tareas que proponen el resto de alumnos o el profesor. «Yo había sido delantero varios años y le pegaba mucho de puntera porque había jugado al fútbol sala; cuando él intentaba imitarlo le decíamos que le daba de empeine gallego, por esa idea que hay del fútbol de allí, con lluvia y campos con barro. Y mira por dónde ha salido ahora lo del empeine gallego».

Lo luce un entrenador abulense que a los 36 ha ascendido ya dos veces desde Segunda B. «Tiene un mérito terrible el trabajo que ha hecho con los equipos tan distintos por los que ha pasado», sostiene Diezma, que abandonó Ávila dos cursos después de llegar: «Le ofrecieron a él llevar al equipo y yo le aconsejé que siguiera de ayudante porque el club tenía muchos problemas de estructura. Lo hizo, pero echaron al que me sustituyó y ahí sí se puso él».

Juan Antonio Cabrera fue testigo directo del salto. «No cambió. Si como segundo era muy cercano, como primer entrenador no dejó de serlo», comenta el central, que ahora milita en el Izarra, donde volvió a coincidir con Borja Jiménez. «Le gusta que sus equipos dominen y en el Ávila lo hacíamos —apunta— porque la plantilla era potente. Pese a que hubo muchos problemas económicos, nos metimos en el play-off. Cuando llego al Izarra también quiso llevar el peso, pero pronto vio que al grupo le costaba, supo adaptarse y nos fue fenomenal». «Es cierto que cuando llega al vestuario alguien tan joven puede chocar —admite—, aunque el jugador tarda poco en darse cuenta cuando alguien entiende de lo que habla. Veías que era un chaval convencido de que iba a vivir del fútbol, y ahí está».

No todos adivinaron de inmediato cuál sería el desenlace: «Entonces no pensé que acabaría entrenando a este nivel —reconoce Espadas—, y lo ha conseguido gracias a algo que sí veías ya en el curso: le daba mucho al coco y era muy meticuloso. Cuando se habla de friki del fútbol suena a calificativo de andar por casa, pero es la mejor forma de definirlo a él». «Sabe mucho de esto, le dedica su vida a su profesión», resume Diezma, que mirando hacia abajo lo vio empezar.

«Borja y Álex son una pareja de Primera División»

Cuando Borja Jiménez se instale en el banquillo del Deportivo lo hará acompañado de Álex Martínez, a quien se unió a través del Rápido de Bouzas que presidía Manuel Seoane. «Son una pareja de Primera División», presume el ya exdirectivo del club vigués antes de relatar cómo se produjo la conexión.

«Álex nació en Barcelona [en 1973], pero se trasladó de pequeño a Galicia porque su padre vino a dirigir una empresa aquí. Estuvo trabajando en el Celta antes de que lo fichásemos nosotros. Me lo recomendaron, quedamos y me pareció una persona encantadora. Le dimos el juvenil de División de Honor. Hasta le dije que me pedía muy poco sueldo, pero él me contestó que le parecía lo justo», arranca Seoane. «Luego se marchó con Patxi Salinas a entrenar al Ourense, después se fue a Malta y de allí al Sant Andreu —prosigue—. Echaron a Patxi y le ofrecieron llevarlo a él, pero no quiso; se me plantó aquí y me dijo si le dejaba volver».

Alternativa a Vázquez y Vidal

El retorno se produjo ya en el cargo de director deportivo, con el equipo recién ascendido a Segunda B y obligado a asumir riesgos para encontrar entrenador. «Hablamos mucho. No teníamos un duro para fichar. Empezamos a hablar de técnicos y recuerdo que hasta mencionamos a Fernando Vázquez y David Vidal. Pero Álex me dijo: ‘‘¿Le echamos narices? Porque si se las echamos hay un chaval ahí que es de Ávila y parece un crío pero que es un fenómeno’’». Y por narices Borja Jiménez llegó al Baltasar Pujales.

«Cuando mi hija lo vio un día en un entrenamiento con el equipo, me preguntó qué hacía ese crío ahí. Como anécdota, recuerdo también que cuando me comentó lo que pretendía ganar, le solté: ‘‘‘Neniño, ya me caes mejor’’. Porque yo pensaba: ‘‘Si nos sale bien, va a ser la leche, y si nos sale mal... Pues la verdad es que con lo que tenemos somos candidatos a descender y tendremos que descender’’». El Rápido de Bouzas acabó quinto, a un punto de una promoción de ascenso que disputó el Fabril sin posibilidad de subir. «Si llegamos a meternos en Segunda no sé ni de dónde iba a sacar el aval», confiesa el expresidente.

El éxito se logró exprimiendo al máximo unos recursos limitados. «Sielva era nuestro jugador más caro y cobraba poquísimo. Si lo piensas es increíble lo que consiguieron esos dos aquí. El ambiente en la plantilla era fenomenal», asegura Seoane, que solo recuerda una discusión con el entrenador: «Fue porque nos quedamos sin delantero centro. Uno se lesionó y otro se fue al Alavés. Teníamos a tiro a Kaxe, pero teníamos que esperar varios partidos para ficharlo y Borja lo necesitaba ya. Al final, metió en punta a un extremo que se hinchó a marcar goles».

La satisfacción del presidente fue tal que «cuando el Dépor iba fatal en Segunda, un amigo que era directivo me preguntó a quién ficharía. Le dije que me traería a Borja, que estaba en Grecia, pero al final llegó Vázquez. Son dos diablos de esto, Álex y él, de los que piensan en fútbol hasta cuando duermen».