Las propinas de la discordia

B. R. Sotelino redac.vigo@lavoz.es

VIGO

Ancianos del grupo de 700 que partió de Vigo a Barcelona para hacer un crucero reclaman el desaparecido dinero que dieron para trabajadores que les atendieron

21 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Se las prometían muy felices El periplo comenzó el 27 de octubre. Más de 700 personas, pensionistas llegados de varias ciudades y pueblos del sur de Galicia, acudieron a la estación de Renfe en Vigo para iniciar lo que prometía ser un crucero maravilloso que saldría al día siguiente del puerto de Barcelona y que les llevaría a visitar varias ciudades portuarias europeas. El viaje había sido organizado por la Asociación Galega de Pensionsitas en colaboración con la agencia Marsáns y la Consellería de Familia, cuya delegada provincial acudió a la estación de tren viguesa para despedir a los afortunados, que ya entonces, empezaban a quejarse de la mala organización. Vivir para contarla A la vuelta, los ancianos pudieron contar cómo se había desarrollado el plan para que un crucero de placer terminase convirtiéndose en una aventura con final amargo, pero, eso sí, inolvidable. César Díaz de Espada fue uno de los jubilados que se ha unido a otros compañeros de fatigas para recoger más firmas entre los afectados y presentar, incluso, la denuncia pertinente en el juzgado. Un asunto de dinero, a 60 euros por cabeza Según cuenta el indignado viajero, el trayecto hasta Barcelona en tren fue una pesadilla que duró 16 horas en unos compartimentos en los que no les cabían los equipajes. Al llegar a la ciudad condal, un autobús les trasladó hasta el trasatlántico Bolero. Al ir entrando en el barco, respiraron tranquilos al ser recibidos por el personal de la nave, «lo que alivió mucho nuestro malestar y cabreo acumulado en esas 22 horas jodidas y muy duras de soportar por la mayoría...y nos dieron un mal lunch en bufé poco apetitoso», relata el hombre. Pero el problema no fue el crucero, sino un asunto de propinas, ya que a todos ellos les cobraron 60 euros por persona que tenían como destino el bolsillo de los trabajadores sociales que fueron con ellos en el trasatlántico. La indignación se produjo porque el último día, a punto de abandonar el buque, «nos vuelven a solicitar que demos propinas a las personas que más directamente nos han atendido, y eso nos llevó a pensar qué había pasado con los 420 mil euros que habíamos abonado, pues los trabajadores nos dicen que a ellos no les han dado nada de nada. Díaz de Espada, como portavoz, exige que se aclare dónde está el dinero y que se reparta entre los trabajadores, «y de no ser así presentaremos una denuncia por robo y estafa, pues esto no es una broma ya que si tenemos en cuenta que este barco hace tres o cuatro cruceros al mes y se quedan con las propinas, son muchos los millones que se pierden sabe Dios dónde». El lado positivo Al margen de la polémica y la denuncia, el integrante de la expedición se acuerda de resaltar también la cara positiva de la experiencia, de la que destaca, por ejemplo, que cuando fueron a Mónaco les llevaron a visitar la tumba de Grace Kelly, o que en Roma comieron estupendamente en un típico restaurante, o que disfrutaron en Palermo visitando la catedral y su hermosa plaza. El lado negativo Pero el mal tiempo les chafó la visita a Malta, «pues no paró de llover en todo el puñetero día y solamente pudimos intuir, más que ver, la cantidad de históricos e interesantes edificios que tiene esa isla». «Antigüedades» muy sólidas César Díaz resume los ocho días de viaje «con mucho trajín, bastante desorganización y muchas aventuras, unas mejores y otras peores, pero con una experiencia que muchos ni soñábamos el poder realizar algún día. Sólo que la próxima vez que nos lleven y traigan a Barcelona tengamos un mejor servicio de transporte, pues ya somos todos muy viejitos y viejitas para aguantar tantas malas situaciones, lo que demuestra que somos antigüedades muy sólidas y muy valiosas que venimos de descubridores y conquistadores con mucha raza...». De excursiones y «sacacuartos» La buena atención en el barco, las abundantes comidas y las cortas y rápidas excursiones son lo que a título personal apunta Díaz como lo mejor de su experiencia, y lo peor: «todo carísimo, un constante sacacuartos y fatal Renfe».