Reportaje | Los caminos de Santiago en la diócesis de Tui-Vigo El camino portugués desde la frontera con Portugal hasta Vigo estaba sembrado de «mosteiros», varios de ellos en la ciudad olívica, de los que ya apenas se conservan restos de lo que fue una época de esplendor
29 mar 2004 . Actualizado a las 07:00 h.En Vigo hubo más de un monasterio, aunque poco o nada queda de ellos en cuanto tales, pero sí de sus iglesias. Hubo uno en Bembrive en el lugar llamado precisamente Mosteiro. Existió otro en Coruxo, cuyo abad haría trueque de tierras por caballos con el abad Bernardo de Oia en 1.245. También se habla de otro en Castrelos, aunque no se trataría de Mosteiro en un sentido estricto, ya que sería posiblemente residencia o bailía de templarios, pasando a pertenecer a los caballeros hospitalarios como otras muchas de las posesiones templarias después de la disolución de la orden en 1.312. De todas maneras, y por objetivo fundacional, éstos debían atención a peregrinos, como los monasterios, séase de benedictinos cluniacenses o cistercienses. Anteriormente se habló de un cierto número de monasterios establecidos en la zona, aunque la verdad es que de una buena parte de ellos poco o nada se sepa. Como una pista válida para saber cuáles y dónde había establecidos monasterios nos pueden servir los nombres de los lugares. Así sabríamos, por ejemplo, que en Tomiño existieron al menos dos monasterios, uno en el Tomiño propiamente tal y en Barrantes el segundo. Otro sería el de Budiño, más otros dos ubicados en el lugar de Albeos, en Crecente, y en Borbén, en el ayuntamiento de Pazos. Finalmente estaría el de Donas, aunque éste debía ser de monjas, que no de monjes, como también lo sería el de Casteláns que sería incorporado por el obispo de Tui Diego de Muros al de Franqueira. El de Budiño Del de Budiño, llamado de San Salvador, se señala que fue cedido a San Pedro el Venerable de Cluny aproximadamente en 1.125. Fue su donante el conde de Toroño, Gómez Núñez, quien al parecer no era persona muy recomendable. La renta anual que abonaba era meramente simbólica, pues sólo era de medio marco al año. A mediados del siglo siguiente entró ya en franca decadencia y en la visita de inspección tenida lugar en 1.392 hasta la iglesia estaba convertida en una auténtica ruina. Muchos de los monasterios gallegos existían ya bastante antes del siglo XII y seguían, al menos en teoría, la regla de San Benito. La gran mayoría de ellos se adhirió a Cluny, es decir, pasaron a convertirse en monjes negros. Pero, a continuación, y aproximadamente medio siglo más tarde, un gran número de tales cenobios se iría cambiando al Cister de San Bernardo, o sea a los monjes blancos. Los monjes tenían por ley la obligación de dar acogida a transeúntes, particularmente si estaban enfermos. La regla de San Benito es explícita en este aspecto: cada monasterio debe contar con su hospedería. Pero también lo es la de San Isidoro y que fue seguida casi con toda seguridad por más de una de las casas religiosas por aquí establecidas. En ésta se habla de que la enfermería y hospedería se encuentren fuera del monasterio. Pero si con todos ha de aplicada la caridad, ello ha de hacerse de manera especial con los monjes transeúntes, a quienes debe lavarse los pies, cederles habitación y otorgarles el privilegio de compartir con la comunidad la comida, rompiendo en honor a ellos el ayuno, si preciso fuera. La regla de San Fructuoso, que tan grande implantación tuvo particularmente en la Tebaida del Bierzo, llegaba incluso a señalar que todo el que aspirara a ingresar en cualquiera de sus cenobios o como eremita debía pasar como mínimo doce meses de prueba atendiendo también a la hospedería.