Arturo Souto: precisiones

PABLOS

VIGO

GUSTAVO RIVAS

CONTRASTES | O |

01 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

TODOS querríamos que los hechos hubieran sucedido como a nosotros, personalmente, nos gustaría, máxime si, además, la versión adornada -decir falseada quizá sea excesivo-, nos favorece. Pero la realidad es una, intocable y, como decía Machado, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Tan largo exordio, por el que pedimos perdón, viene a cuento de la presentación de la espléndida exposición del pintor Arturo Souto que, el 18 pasado, con los fondos de su colección, ofrece Caixa Galicia en Vigo, y que bien merece ser visitada y gozada despaciosamente, puesto que se trata del más grande de los artistas plásticos que haya nacido en Galicia. La ùltima muestra realizada en Vigo por el pintor, republicano y exiliado en México, no fue un éxito, como allí se dijo, arrimando el ascua a la sardina del orador, sino un total fracaso. Tanto, que el pintor no vendió ni uno solo de sus cuadros y apenas tuvo otro reflejo en prensa que la página que le dedicó quien ahora precisa aquellos hechos, sin el más mínimo ánimo de polémica. Era octubre de 1963. Souto expuso en la desaparecida sala Velázquez. Clausurada la muestra, me citó en un piso de la calle Reconquista como deshabitado. Era muy de mañana. El artista, elegante, dandi decadente, con aspecto de personaje de Lampedusa, amplia la calva en cráneo brillante, escaso el cabello en la nuca, muy repeinado, batín de seda con cinturón caído, tomaba te una taza de porcelana china. Se quejó amargamente del abandono de sus supuestos amigos aquí, más aún del nulo éxito de su muestra, y nos agradeció la página a él dedicada en la prensa. Añadió que al día siguiente, al abandonar Vigo, y como Santa Teresa en Avila, sacudiría el polvo de sus zapatos en el Alto de la Encarnación para no llevarse nada de aquí. Dijo saber de mi escaso pecunio y me ofreció, como regalo, el cuadro que quisiera, porque todos los de la exposición estaban repartidos por el suelo del salón con muebles enfundados en que nos recibió. Poseo el cuadro, a carbón y sanguina, recreación de un bacanal renacentista, magistral. Souto regresó a México, donde falleció meses después, el 3 de julio de 1964. Hoy, su obra tiene estima internacional. Porque fue, además de un hombre fiel a su ideología, capaz de sufrir por ello, un excepcional pintor de huella perdurable.