Al calor de Vigo. Sí, porque aquí nos quejamos de que a ratos, el cielo se nubla e, incluso, caen unas gotas, pero el mercurio se mantiene firme. No ocurre lo mismo en Buenos Aires, donde ayer la temperatura mínima fue de cinco grados y la máxima no supero los diez.
Huyendo de ese tiempo invernal Eduardo Berizzo y familia decidieron poner Atlántico por medio y, de paso, hemisferio, y en Vigo que se ha plantado para disfrutar de unos días de asueto. Pocos, pero es que lo que han hecho el ex céltico y Valeria, su mujer, ha sido adaptarse a las vacaciones invernales de sus hijos. Ambos han dejado en esta ciudad muchos y buenos amigos (Carlos, Silvia, Fernando, María, Antonio, Sonia...) con los que procuran verse a la mínima oportunidad.
Afirma Berizzo que ese calor, el de los amigos, es el que más les gusta de Vigo. Dice también que aquí pasó cinco de los mejores años de su vida, que en lo deportivo tuvo la oportunidad de rozar el cielo en la Champions y el suelo en Segunda (mira, como ahora), pero que en uno y otro extremo sintió la calidez de la gente.
Tan buen sabor de boca le dejó Vigo que cuando viene lo hace a su antigua casa en la calle Colón -«contemplar la ría desde el balcón no tiene precio», asegura-, cuyos dueños le abren la puerta de par en par. Que a qué dedica su tiempo libre, «a engordar», reconoce. ¿Y el resto? Pues a trabajar en una empresa de estadística en la que, entre otras cosas, analizan con lupa la liga argentina de fútbol y luego vuelcan los datos en una base de ídem. Es todo lo que a día de hoy le vincula al fútbol, porque para matar el gusanillo deportivo le pega al tenis.
La «Cow Parade» como revulsivo. Ya lo decía 007, nunca digas nunca jamás. Aunque en este caso el aserto que mejor va es aquel de arrieros somos... Sí, porque después de 50 años de profesión y por primera vez en su vida Mary Quintero no ha puesto el foco de su cámara en una persona. Ni ella misma se lo explica. Sólo sabe que un día descubrió en la Alameda la manada de vacas de la Cow Parade y sintió un deseo irreprimible de hacer algo diferente.
Tan diferente como que, también por primera vez en su vida, no ha recurrido a iluminaciones artificiales más allá de la que proporcionan las farolas de la calle, ni a trucos propios del retrato de estudio que tan bien domina. Y es que el cuerpo no sólo le pedía hacer algo nuevo, sino que le pedía hacerlo de noche. Se tomó su tiempo, buscó el ángulo que le resultó más atractivo, lo cual le obligó a echar cuerpo a tierra más de una vez, y jugó mucho con la cámara. «En manual, claro, porque el automático obedece a la lógica, pero no a la fantasía», explica.
Esta especialmente satisfecha de la vaca pescadora, tal vez porque es la que más trabajo le dio de las 47 que ha inmortalizado. El fruto de esa novedosa creatividad de Mary Quintero puede contemplarse en el Verbum hasta fin de mes.
Si un chispazo de inspiración ha hecho que esta mujer que nació con el revelador en las venas, por una vez no haya centrado su foco en una persona, otro chispazo propició la apertura de la muestra el pasado martes.
Mary Quintero quería documentar el trabajo. Como quiera que algunas placas estaban borrosas o, aún peor, habían volado, llamó a la puerta de Lois Cea, el director del Verbum, por aquello de que es en sus dominios donde se asienta la manada. Por supuesto la remitió a Mario Ubiaga, el responsable de la Cow Parade pero, entusiasmado con el trabajo, le pidió que le permitiera exhibir allí sus fotografías. Así se escribe la historia.
Con todo, lo que me ha parecido más fascinante de mi conversación con Mary Quintero es la tarea en la que ahora está inmersa, la digitalización de su archivo, que es lo mismo que decir que, con apenas un golpe de ratón, se tiene acceso al último medio siglo de historia de las gentes de esta ciudad. Las altas y las bajas, las ricas y las pobres, las guapas y las menos agraciadas, las madres y las hijas, los abuelos y los nietos... En suma, miles y miles de nombres propios que, juntos, conforman uno sólo, Vigo.
El tenis como divertimento. Bueno, en el torneo Porto Barreiro se compite, pero poco. Hay trofeos, pero lo bueno es participar. Por no hablar del fin de fiesta. Han pasado ya 17 años desde que la pandilla de amigos capitaneada por Modesto Vázquez Noguerol miden sus reveses al tenis y al pádel. Desde entonces la bola no ha parado de crecer (me refiero a la de participantes, no a las de juego), hasta el punto de que lo que empezó despachándose en una jornada, ha terminado por dirimirse en quince.
El viernes se sabrá quienes han sido los mejores en cada una de las especialidades. Según me cuentan, hoy se verán las caras en las semifinales José Garea y Juan Güell contra Camilo Villar y Rafa Domínguez, por una parte y, por otra, David Temes y Miguel Sequeiros contra Pedro Vargas y Pablo Tenorio. Entre los que ya han caído están José Enrique Pereira, José Bandín...
Ganadores y perdedores tienen una cita el viernes en el pazo de Porto Barreiro, por tierras de Areas. El sarao promete. Hay 140 personas invitadas.