Ni las circunstancias favorables aparcaron el debate. Andaba el Deportivo a punto de pedir consulta en el diván, debatiéndose entre el jogo bonito y el pragmatismo -como si ambas cosas no pudieran ser compatibles-, cuando el Mallorca cometió un doble error que devolvió al cuadro coruñés a la Liga: cincuenta minutos por delante con un hombre más, tiempo suficiente para agujerear la portería rival en un par de ocasiones.
El gol del Mallorca fue todo un ejemplo de lo que el Dépor no práctica. Guardado entregó mal un balón en el centro del campo y los visitantes salieron a la contra como un resorte, Coloccini no llegó al cruce, Filipe se tragó el regate de Borja Valero y Güiza empujó a la red el rechace del larguero. Lo que al Mallorca le llevó cuatro segundos al Dépor le cuesta una minutada. El conjunto coruñés suele regodearse con el balón, pero sin profundidad. Carece de determinación para plantarse en la portería rival con un par de pases; de robar y salir. Lotina desconfía del contraataque como sistema, pero no debería despreciar un arma que, hoy por hoy, proporciona el cincuenta por ciento de los goles.
Juan Rodríguez y Guardado
El chico para todo de Caparrós lo es ahora de Lotina. Comenzó la Liga como mediocentro, después se desplazó a la banda derecha y ayer, durante el tiempo que estuvo sobre el campo, actuó cerca del delantero. Un intercambio de posiciones con Verdú esperanzador. Mientras el balón pasó por su botas el juego tiene sentido.
El empate sabe a derrota, a tropiezo en las mejores circunstancias. La paradoja es que en el primer tiempo, quizá con un fútbol menos vistoso y pese estar prácticamente 25 minutos a merced del rival, el Deportivo remató con más insistencia que nunca, puso en apuros en varias ocasiones a Moyá y a Lux. Faltó la definición, pero el juego local se desprendió en el tramo final de la primera parte de esa retórica que tanto disgusta a los resultadistas. El gol llegó por un error del Mallorca, pero también pudo haberlo firmado Guardado al minuto tres, o Coloccini en un toque sutil desde fuera del área. Contra diez, el conjunto coruñés afianzó aún más esa idea, pero se perdió en un sobeteo inútil, un rondo infinito, sin profundidad y carente de intención.
Comentario aparte merece Guardado. Hasta ayer había sido decisivo en las dos victorias del Dépor, frente al Betis porque marcó el tanto del triunfo y contra el Sevilla porque realizó la espectacular galopada a la que Riki le puso la firma. El mexicano se siente importante y nunca se esconde. En Madrid cometió un penalti ingenuo y aceptó su responsabilidad, aunque después se diluyó. Ayer, persiguió cada balón y se apropió de la pelota en el penalti. Quizá porque antes, en el minuto 12 regaló el balón que acabó en el gol de Güiza. Su nivel de autoexigencia es excesivo. Tiene prisa por liderar un equipo joven y a veces se atropella.