La escritora confiesa que no se tomó su oficio con seriedad hasta cumplidos los 65 y que, a partir de ese momento, lo hizo como si se fuera a morir al día siguiente
24 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.«Volvo á nenez / a buscar a paz que nunca tiven. / Aquela moneca desmembrada, / o patinete, o triciclo, a bicicleta, / os mapas e aeroplanos / viaxando fantasías». Elige María do Carme Kruckenberg uno de sus poemas de Lembranzas da beleza triste para explicar por qué siente una especial querencia por el rincón elegido que, en realidad, son dos, separados apenas por unos metros.
El primero es el monolito levantado en su honor junto a un olivo que la propia María do Carmo plantó. El segundo, la inmensa casa en la que nació aquel 3 de junio de 1926. «Fue aquí donde empecé a ser una niña diferente, ensimismada a ratos, que todo lo husmeaba y por todo preguntaba».
Tan diferente que un día le pidió a su padre que le comprara el libro Indios de América . «Desde entonces y hasta que falleció siempre me llamó Mini haha (agua que ríe) y yo a él Shon-zuma-ni tu besha (lobo gris)». También desde entonces sabe hacer tipis, zapatillas de cuero, y hasta cortar un traje de la piel de un animal.
Ahora contempla con nostalgia aquella ristra de balcones de la primera planta del número 22 de Montero Ríos, de la que tuvo que despedirse para siempre antes de lo que hubiera querido. Su madre no pudo soportar vivir entre aquellas cuatro paredes tras el accidente de coche en el que falleció su abuela. «Nos fuimos por un barranco. Me cogió la cabeza entre sus piernas y me salvó la vida», afirma.
Tenía seis años. Aún faltaba una década para estrenarse como escritora. Fue durante uno de aquellos veranos adolescentes en Tirán, en una casa a tiro de piedra de la que ocupó Concepción Arenal.
Para cuando publicó su primer libro (1956) ya se había casado, había tenido una hija, se había separado y, sobre todo, había descubierto la pasión de viajar, que pone en práctica a la menor oportunidad. Fue en esos viajes donde conoció a Lorenzo Varela, Gloria Alcorta, Borges, Castelao... Y a Rafael Alberti. «El eligió todos los poemas de primer libro. Los que no le gustaron los rompí». Del segundo no rompió ninguno porque, dice, le gustaron todos. Reconoce, eso sí, que hasta que cumplió los 65 no empezó a escribir en serio. «A partir de ahí lo hice como si me fuera a morir al día siguiente». Lo dice una mujer que, pese a esa caída inoportuna que la ha obligado a frenar el paso, desborda vitalidad y mantiene alto el listón de la coquetería. La misma que no perdona la tertulia mañanera con un grupo de amigas, y que lee un mínimo de tres horas diarias. Así es fácil entender que haya devorado unos 4.000 libros, además de los 27 de cosecha propia, dos de los cuales aún no han visto la luz. «Está a punto de hacerlo Os límites do arreguizo», anuncia.
Sostiene que el mejor es siempre el último. De otros tiene muchos favoritos, aunque siente debilidad por Garcilaso y por los poetas del 27, a la mayoría de los cuales conoció.