Tiene el ciclismo algo. Algo de mártir y de guerrillero. La dolorosa y el fusil. Tan bíblico como proletario. Una república independiente con normas no escritas. Ganarás con el sudor de tu frente. La tierra, para quien la trabaja. Con tramos de sendero agradable. Y con partes de vía crucis . Casi nunca un camino de rosas. Las dos caras de la luna se perfilan en las dos ruedas de la bicicleta. El ciclismo. Con sus héroes y sus ángeles caídos. Enterrado y resucitado mil veces en un mismo año. Como un animal mitológico que respira con la cadencia de las pedaladas. Encadenado a escenarios grandilocuentes y temibles, torturado por el paisaje, como un western de John Ford. Centauros del desierto .
Tiene algo el ciclismo que empujó a una marea de gallegos a la Cueña les Cabres, la terrible espina dorsal alrededor de la que se vertebra el sufrimiento del Angliru. Acudieron a dar fe de una tarde épica. A ser testigos del sufrimiento. A rescatar con sus gritos a los suyos de entre el goteo de lágrimas del pelotón. Inundaron la carretera que serpentea por el coloso asturiano, huraña, tan distinta, por ejemplo, al palco del Bernabéu. Vieron ceños fruncidos, dientes apretados, equilibrio en precario, sudor. Escucharon respiraciones agitadas, ahogadas demandas de auxilio. Animaron a los propios y a los ajenos, en esa paradoja extraña que prácticamente se vive solo en este deporte, donde el público también se apiada del rival. Asistieron al paso de Alberto Contador. Y al de Ezequiel Mosquera, Gustavo César Veloso, David García, Serafín Martínez y Gustavo Domínguez. Los gallegos de la Vuelta. Esos que han tenido que salir del anonimato por su propio pie. Sin delirios mediáticos. Sin excesivos guiños de la fortuna. Manteniéndose a flote en esa tormenta que es el ciclismo. Ese lugar azotado por el viento, el agua y los reproches. Quemado por el sol, curtido por las críticas. Ese deporte que, a pesar de todo, tiene algo.