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Al mal tiempo, buenos bailes

Soledad Antón / B. Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

20 nov 2008 . Actualizado a las 12:06 h.

Para todo ello y mucho más el baile resulta un aliado valioso. Un psiquiatra amigo suele decir que si la gente bailara más habría menos listas de espera en su negociado. Un poco con esa filosofía, la de proporcionar un seguro de vitalidad a los potenciales clientes, amén de la de convertirse en alternativa para el tiempo de ocio, acaba de abrir sus puertas la escuela Vigo Bailando (doctor CadavAl, 32).

Detrás de la iniciativa están los hermanos Romero, Lidia y José, empeñados en contraponer a los malos tiempos, buenos bailes. Sin distinción de edades y, claro, ni de gustos. Hay para todos, desde 3 años hasta 90. En cuanto a la carta de posibilidades, prácticamente tiende al infinito: danza árabe, sevillanas, taichí, bakotic, gim jazz, salón, predanza, modern jazz, latinos, flamenco...

Me cuanta Lidia Romero que estaba un poco saturada de su mundo profesional anterior, el comercio. Que llevaba años dándole vueltas a la idea de cambiar el chip del consumo por el del ocio y que, gracias a la conjunción de varios planetas y, sobre todo, a que encontró en su hermano José un compañero de aventura a la medida, se puso manos a la mudanza sin pensarlo dos veces.

El tiempo, el contadísimo tiempo que lleva en esto del baile, le está dando la razón: «Disfrutar del ocio no tiene precio». En este caso, comprobar como otros disfrutan. Mucho, teniendo en cuenta que acaba de colgar en la puerta el cartel de abierto. «De momento, tenemos más adultos que niños, tal vez porque para éstos hay más centros específicos», afirma Lidia.

Cuenta también que las especialidades que más predicamento tienen son las de salón y los latinos, seguidos muy de cerca por las sevillanas. Una cosa buena añadida tiene esta escuela de baile, que para los agarraos no es obligatorio llevar pareja. Lo dicho, terapia sin contraindicaciones.

En concreto al Lejano Oriente. En aquellos lares han tenido oportunidad hace unos días de disfrutar del virtuosismo al piano de Pablo Galdo. A la vista de la interminable colección de sellos que acumula en su pasaporte, este joven ferrolano, profesor del Conservatorio Superior de Vigo podría ganar sin problemas a Willy Fog en el capítulo kilométrico.

La gira que le ha llevado ahora al Este incluyó sendos conciertos en el Arts Center de Hong Kong, el Pekín Central Hall y el DS Central Hall de Seúl. Aunque no le hace mucha gracia coger el avión, el intérprete asegura que le encanta viajar.

Más vale que le guste porque, pese a su juventud, se ha recorrido media Europa y varias ciudades de Estados Unidos. El año pasado, sin ir más lejos, tocó ante el mismísimo sultán de Omán. «Conocer diferentes culturas y tocar ante públicos tan diversos siempre resulta muy enriquecedor», afirmaba justo antes de partir. Contaba asimismo que se iba doblemente encantado. Y es que le esperaban unos auditorios de esos que quitan el hipo. A ver si un día también puede hacerlo en el de Vigo. Una cosa tiene a su favor, la juventud. Mucho tendrían que demorarse los plazos...

Son los estudiantes que pueblan las facultades españolas del ramo a la espera de saltar al mercado laboral. El dato, que prácticamente dobla el de profesionales en ejercicio, lo recordó el pasado martes en Vigo Fernando González Urbaneja. No hablaba el presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid de futuros laborales, sino de hacía dónde iban (íbamos) los profesionales. De acuerdo con su tesis, la crisis (salió la palabra de moda) de la profesión no es consecuencia de las nuevas tecnologías, sino de una amenaza interna, por la pérdida de referencia del oficio. Defendió que dado que el periodista gestiona la reputación de la gente, está obligado a dar algunas explicaciones sobre su actuación. Y puso como ejemplo el libro de Obama La audacia de la esperanza, en el que el presidente electo de USA comenta la importancia de los medios para llegar a los electores, para concluir: «Yo soy quien los medios dicen que soy».

Y habló de esa regla de oficio de oro que es la verificación. Puso un ejemplo que provocó la sonrisa del auditorio, el del viejo profesor que preguntó al alumno «¿Tu madre te quiere?» para, a renglón seguido, aconsejarle: «Verifícalo». Pues eso.