No puedo evitarlo: Me cae bien López Chaves. Si la BBC hiciese una serie sobre el concejal popular, yo sería su más fiel seguidor. Porque cultiva a un personaje que tiene algo entre The Office y Caída y auge de Reginald Perrin. Parto del supuesto de que él no es como se presenta. Y que sus encendidas mociones plenarias no son sino parte de una actuación, un difícil papel en una obra formidable.
No es fácil entender a López Chaves. Hay que buscarle la vis cómica. De lo contrario, algunas de sus propuestas podrían provocar dañinas subidas de tensión, como las que sufrió la pasada legislatura el diputado nacionalista Bieito Lobeira, al que le perdió cierta falta de sentido del humor.
El edil López Chaves es un «galáctico» de la oposición. Su capacidad de presión, su indesmayable discurso, sus reiteradas mociones y la ferocidad con que se conduce en la arena pública, hacen de él un valor que todos los equipos querrían tener en sus filas. No olvidemos que, durante la anterior legislatura, presentó por registro 1.200 preguntas sobre la Cidade da Cultura, pidió 262.000 fotocopias de documentos y originó un gasto en tóner cifrado por la Consellería en 11.200 euros.
López Chaves, como político, se multiplica. Al punto de que es el responsable de que todos los vigueses, y aun miles de gallegos, sepamos decir la palabra ungüentario, correspondiente a una pieza arqueológica del tamaño de un paquete de cigarrillos, encontrada en unas excavaciones en la calle Areal. Su campaña para que el objeto regresase a Vigo forma parte ya de las grandes batallas locales, junto a las manifestaciones del Estai y de «Todos somos Míchel Salgado».
El ungüentario, por otra parte, era bizantino, como casi todas las mociones que presenta el flamante edil, al que su partido va colocando en lugares donde ejerce la oposición, al objeto de martirizar al rival, si éste decide tomárselo en serio.
Es por ello que también con humor británico hay que tomarse su última moción ante el Concello. Según denuncia López Chaves, el castellano está «prohibido» en el Ayuntamiento, lo que supone una dramática ilegalidad. Quiere, por tanto, derogar una norma de 1983, apoyada unánimemente por todos los partidos, incluido el suyo, cuando se llamaba AP. El mismo día, en A Coruña, el portavoz popular de la ciudad herculina presentaba otra moción, pidiendo que se hiciese oficial el «La, La, La». La coincidencia de ambas propuestas nos hace pensar que esta campaña, con arrecendo de FAES, haya sido coordinada, por más que Feijoo -más sensato que algunos de los suyos- haya dicho que no piensa derogar el artículo 10 d ela Lei de Nomalización Lingüística, que fija que los topónimos de Galicia «tendrán como única forma oficial la gallega».
Confiemos en que la moción de López Chaves reciba el cumplido trámite. Y que, en el debate plenario, la Corporación lo escuche con humor el hilarante monólogo que, sin duda, mi admirado artista nos tiene preparados.