Escribo desde Amsterdam, la ciudad del mundo que menos se parece a Vigo. A través de la cristalera del café, transita un enorme lío de peatones y vehículos. Sin embargo, este trajín de gente que ocupa Vijzel Straat resulta completamente silencioso. Ni suenan cláxones ni compiten a la carrera ambulancias histéricas. Las motos circulan sin escape libre y el alcalde del lugar, por lo visto, cuando humaniza, no convierte a sus obreros en el ejército de Atila. El resultado es una ciudad tranquila en la que puedes oír tus propios pasos.
Amsterdam y Vigo también disienten en sus medios de transporte: La bicicleta y el tranvía. Mientras aquí circulan, llevando ciudadanos de un lado a otro, en nuestra ciudad ambas máquinas sólo habitan en el terreno de las ideas. Para las dos, sin embargo, se han pagado costosos proyectos, que incluyen el formidable carril-bici hasta Baiona y las diversas líneas del metro ligero, pomposamente presentadas en varias ocasiones en los últimos veinte años.
Nuestra ocurrencia de metro va ya por su tercer estudio de viabilidad, incluyendo el que los presupuestos de la Xunta contempla para el año 2010. Así que, sólo con lo que llevan gastado en proyectos, hace tiempo que podríamos viajar en él. Pero pensar en estos términos es propio de ciudades avanzadas. No, de la nuestra.
En lo que sí se parecen Amsterdam y Vigo es que, en cualquier momento, con solo salir de casa, tienes altas probabilidades de ser atropellado. En nuestra ciudad, víctima de un coche. Y, en la capital de Holanda, bajo la ruedas de una bicicleta. La elección, aunque parezca sencilla, no es fácil, vista la velocidad, propia de volata del Tour, que alcanzan estos cacharros.
Salvo el riesgo de morir arrollado, todo en el tema de transportes es aquí distinto. Y no sólo porque la ORA cueste 4 euros por 60 minutos. También porque, entre otras maravillas, en toda Holanda han tenido la idea de que las estaciones de autobús y de tren estén en el mismo sitio. Esto, en realidad, es lo lógico en todas las ciudades del mundo, como tenemos buen ejemplo en nuestra vecina Pontevedra. Pero en Vigo, urbe tan especial, el dinero se tira en hacer proyectos fantasiosos, y a nadie se le ocurre algo tan sencillo como esto.
Mientras se diseña la futura estación del AVE en Urzaiz, que sustituirá a la actual y será soterrada, nadie ha pensado que, de paso, se podría situar también la de autobuses. Y crear un intercambiador de transportes, que por un sencillo túnel tendría además conexión con la autopista. Pero siempre es mejor encargar entelequias, y hablar de fantasias, que adoptar decisiones racionales. Cuando se abra la nueva estación ferroviaria, los que lleguen en bus seguirán quedándose tirados en la avenida de Madrid..
Y es asi como un vigués cualquiera, sentado en un café de Amsterdam, podría estar tan ricamente, hasta que se acuerda de su bendita ciudad de marras. Y, mientras nota crecer un súbito cabreo, observa al paisanaje local, tan feliz. Lo que el viajero atribuye a las bondades de su bien planificada ciudad y no, al intenso humo que se está apoderando del bar donde, según reza un gran cartel, está permitido fumar de todo, menos tabaco.