Entre los grandes «vivos» que ha dado el mundo, ocupa un lugar de privilegio Víctor Lustig. Este falsificador checo, emigrado a EEUU durante la I Guerra Mundial, perpetró en 1925 la estafa más pintoresca de que haya noticia: Vender la torre Eiffel.
Antes de ejecutar su obra maestra, se entrenó durante años con diversos fraudes bancarios en Nueva York y Chicago. Además, cada cierto tiempo, se embarcaba en vapores trasatlánticos, a la caza de millonarios norteamericanos, a los que vendía toda suerte de falsos negocios en Europa, haciéndose llamar Conde Von Lustig.
En 1925, en París, paseando por el campo de Marte, se le ocurrió su plan más ambicioso. En esos días, Francia debatía sobre el elevado gasto de mantenimiento de la torre Eiffel, muy deteriorada por los 36 años transcurridos desde la Exposición de 1889.
Haciéndose pasar por secretario de un ministerio, Víctor Lustig convocó a seis millonarios en la misma torre y les confió que existía un plan secreto del gobierno francés para derribarla. Los industriales metalúrgicos pujaron inmediatamente por la futura chatarra, y el hábil checo se la adjudicó a un hombre de negocios llamado André Poisson. Se desconoce la fortuna que pagó en la transacción.
Lustig sería detenido un mes más tarde de la venta, pero Poisson retiraría los cargos, humillado y convertido en el hazmerreír del acero mundial. Nuestro artista continuaría con sus peculiares negocios y aun tendría tiempo de estafar al mismísimo Al Capone, antes de que la suerte le diese la espalda y el falso conde terminase sus días en Alcatraz.
Viene esta larga historia al caso de un comunicado emitido por la Federación Vecinal de Vigo, en la que anuncian que «no permitirán» que las plazas de los nuevos aparcamientos subterráneos salgan a la venta, en lugar de en concesión. La noticia es, sin embargo, una perogrullada. Respondía al presunto anuncio de la concesionaria de estos subterráneos, que aseguraba que iba a pedir al Concello que le permitiese vender las plazas. El conjunto del caso es, como es obvio, un despropósito.
¡Claro que la Federación Vecinal «no permitirá» que se vendan las plazas de los nuevos aparcamientos! Es que la Fiscalía tampoco. Es que sería un delito. Y mucho hay que dudar de que a la empresa concesionaria se le haya ocurrido tal cosa. Más bien parece que la noticia, y las reacciones vecinales subsiguientes, sean producto de algún embarullamiento mental.
Las plazas de los nuevos aparcamientos no pueden venderse. Simplemente, porque están construidos bajo la vía pública. Pueden, como se oferta actualmente, darse en concesión. Intentar venderlas sería como vender las calles. Y para esto haría falta resucitar a Víctor Lustig, para que mejorase su venta de la torre Eiffel.
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