El artista se resarció con el público vigués tras años de ausencia en un concierto desbocado y pasional en el que desató el delirio de los espectadores
30 abr 2010 . Actualizado a las 11:57 h.Empezó «comedido», si es que este adjetivo se puede aplicar al artista español más desbocado de todos los tiempos. Hacía bastantes años que Raphael no actuaba en Vigo y lo recordó al inició de su auto-homenaje con el que festeja medio siglo sin bajarse de los escenarios. Llegó dispuesto a resarcirse de tan larga ausencia ante su entregado público, y poner, como siempre, la carne (sección vísceras), en el asador. Lo logró in crescendo , mientras que el maestro al piano, Juan Esteban Cuacci, iba destrozando el piano para acompañar tanta pasión, hasta dejarlo inutilizable al final, cuando seguramente se fue a poner los dedos a remojo.
Raphael desplegó buena parte de su repertorio, comprimiendo en más de dos horas y media de generoso concierto tantos y tantos pelotazos melódicos. Desde éxitos ajenos: Cantares , La fuerza del corazón , La Llorona o Gracias a la vida (que casualmente el mes pasado sonaron en el mismo escenario pero en la versión discreta de Joan Báez), a los incontables propios: Qué sabe nadie , Digan lo que digan , Y o soy aquel , Escándalo , En carne viva , Estar enamorado es , Mi gran noche ... ¡Buff! Y aunque desafina en muchos temas en los que la pasión y el arrebato de su garganta desmesurada le pierde, borda muchos otros y si no lo hiciera, tampoco importaría demasiado.
Karaoke
A diferencia de su anecdótica espantada el pasado viernes a en A Coruña, -cuando se enfadó con un seguidor demasiado efusivo que cantaba más alto que él-, en Vigo no tuvo que marcharse cabreado al camerino, porque la gente no le siguió demasiado el juego en la sesión karaoke. Hasta se sorprendió al encontrar demasiado silencio con Estar enamorado es : «No me lo puedo creer: ¿Después de tantos años solo conocen el coro?». Solamente en las cuatro o cinco canciones más míticas, las voces de los espectadores de Vigo subieron el tono para alcanzar el sublime momento «comunión de masas».
Espectáculo sociológico
Raphael es el único que ha sabido fusionarse con los modernos que vinieron después, pero sin cambiar ni un ápice su estilo, sino adaptándose los demás a él. Y ellos, al fin, pudieron admitir su admiración por un artista que los que se las daban de vanguardistas escuchaban a escondidas, mientras ponían encima de la mesa las obras completas de John Cage.
Asistir a un concierto de Raphael es todo un espectáculo, porque trasciende lo musical para estar más cerca del fenómeno sociológico intergeneracional. Hasta hubo momento glamur con Photocall , inusual en los eventos locales. Raphael fue, incluso, regalo del Día de la Madre. Varias personas llevaron engañadas a sus respectivas progenitoras hasta el teatro del Centro Cultural Caixanova, a saber con qué milonga de disculpa, para sorprenderlas con «El niño de Linares».... cincuenta años después. Pero nunca es tarde, porque está como siempre, o como nunca. El derroche es tal, que ya no es que le sobre la orquesta. Hasta el piano le estorba y se arranca a capella en varias ocasiones, le canta con despecho a una silla y acaba a patadas con un cristal a modo de espejo de sí mismo. Además, su despliegue de gestos sigue siendo tan manierista como el que sus imitadores han calcado tanto y tan bien. Cuando estás ante el de verdad, es difícil sustraerse de las parodias, aunque el imitado se queje de que nunca cobró derechos de autor.