Expedición en Vigo

VIGO

25 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

National Geographic acaba de encargarme un libro: su guía de Galicia. Y he decidido tomármelo como si fuese yo un viajero de otro siglo, como un Shackleton en la Antártida o un Livingston en el lago Tanganica. Por tanto, deberé adquirir un salacot y disponerme a explorar Galicia como si fuese una tierra ignota, un país por descubrir.

En Vigo, he sopesado ya algunas expediciones. La más obvia sería ir en busca de las fuentes del Lagares. Para ello, contrataría a porteadores aborígenes, que al parecer pueden reclutarse en O Berbés, zona litoral habitada por tribus que empujan carros o cargan pescado en cestas de mimbre sobre la cabeza.

Comenzaría la ruta en la playa de Samil, para adentrarme en las marismas de A Carrasqueira, quién sabe si habitadas por cocodrilos mutantes, procedentes de la depuradora. Tras atravesar las planicies de Comesaña, me propongo alcanzar Balaídos, donde los indígenas practican, cada dos domingos, un extraño juego parecido al fútbol, pero mucho más aburrido, al que invitan a equipos de otras tribus para que sometan a los locales a toda suerte de humillaciones.

La expedición continuará por la reserva de Castrelos, donde pueden observarse manadas de vigueses haciendo footing , vigilados todos por la peligrosa tribu de los Piricotos, que otea el parque desde su problemático poblado.

Al sur de esta zona, comienza el curso alto del Lagares, que atraviesa el cañón natural de la avenida de Madrid, para adentrarse en la peligrosa zona de O Gandarón, habitada por aborígenes que se dedican a la compra-venta de automóviles, con ofertas de kilómetro 0 y seminuevo que han hecho enloquecer a muchos exploradores.

El Lagares se adentra luego en Cabral para terminar en los altos de Candeán, donde se hallan sus fuentes, probablemente cerca del aeropuerto de Peinador, lugar en que anidan pájaros de hierro que, sobre todo con niebla y en invierno, rara vez son visibles en vuelo.

De completar esta ruta, se me ocurren otras. Como, por ejemplo, visitar la Ciudad Prohibida de la Panificadora, míticas ruinas poco exploradas pertenecientes a una antigua civilización viguesa, que construía edificios, en lugar de dejar que se pudriesen. Tampoco es despreciable la expedición al Parque Nacional Volcanes de Coia, que a los peligros de sus falsos flujos piroclásticos suma el de que puede aparecer el típico indígena con su pit-bull, ambos igualmente temibles.

Fotografiar a los leones tristes de A Madroa, buscar el cañón de oro de A Guía o sobrevivir a la cola del registro en el edificio de la Xunta son otras aventuras posibles. La de cruzar la ría, desembarcar en Cangas y adentrarse en el territorio de las gentes de O Morrazo son ya palabras mayores. Con eso no se atrevería ni el doctor Livingstone, supongo.